Archivo de Mayo de 2015

MI CAMINO (por Lorenzo Cabezuelo)

Sábado, 30 de Mayo de 2015

En la primera quincena de Mayo, cuatro socios del Club (Joaquín Díaz, Joaquín Pascual, Manolo Sánchez y yo) realizamos el Camino Primitivo de Santiago, esta experiencia inolvidable me ha suscitado algunas reflexiones que quiero compartir. No es una crónica al uso, de esas hay muchas en la red, muy detalladas, realmente no sé lo que es, escribo simplemente lo que me sugiere, dejándome llevar, algunas cosas ni siquiera tienen mucho que ver con el camino y algunos datos pueden no ser demasiado rigurosos, no he querido contrastarlos, sino plasmar los recuerdos tal como me vienen. Lo hago, sobre todo, por guardar algún destilado de lo vivido, no creo que a la mayoría le interese, pero quizás a alguno sí.

Mi camino.

El camino es la vida, la vida es un camino. La metáfora de la vida como un itinerario se encuentra en muchas culturas, particularmente evidente en los rituales de peregrinación de las religiones históricas. Algunos peregrinos han llegado a dedicar gran parte de sus vidas a la peregrinación, con lo cual la metáfora se hace literal y adquiere todo su sentido. Emprender una peregrinación implica interrumpir la vida cotidiana durante un periodo de tiempo considerable, abandonar la actividad habitual, el hogar, los entornos conocidos, la familia, los amigos, las pertenencias, los hábitos, y los roles de vida, para adentrarse en una situación nueva, liminal, desconocida y en gran medida incierta, que implica disfrute pero también sufrimiento. De entre las peregrinaciones cristianas, a partir del siglo IX, durante el reinado de Alfonso II El Casto, que se estableció en Oviedo, adquiere preponderancia la peregrinación a Santiago para visitar la tumba del apóstol, recién descubierta. Es este el origen del Camino Primitivo y de ahí le viene el nombre por el que hoy lo conocemos.
La ilusión de la partida suavizó el largo y tedioso viaje. Durante el camino, Quino descubre un artículo que sostiene que andando se escribe mejor: “la mente funciona mejor a cuatro kilómetros por hora”, dice Isaac Rosa, su autor. Parece premonitorio, y no puedo estar más de acuerdo. Por fin, a las 19:20, tras cruzar la península de Sur a Norte parando en cada pueblo, llegamos a la estación de Oviedo, y después de una reconfortante ducha, comenzamos un agradable paseo por esta bellísima ciudad, degustando los preceptivos culines de sidra y el cachopo, y disfrutando de la pétrea compañía de los personajes que pueblan sus plazas y rincones: Woody Allen, La Regenta, La Gorda de Botero, el propio Alfonso II… El descomunal tamaño del cachopo ovetense evidenció las diferencias entre el Norte y el Sur de España a la hora de comer, y alguno hubo de pagar las indigestas consecuencias de tal exceso, pero no aprendimos la lección, en Salas volveremos a tropezar en una piedra aún mayor.
En la vida, la familia, los amigos, los compañeros, son lo más importante, dan sentido a la existencia. Y en el camino, unos buenos compañeros de viaje son fundamentales para disfrutar de la experiencia y superar las dificultades, que las habrá sin duda. Tanto en una como en otro, a mí me tocaron los mejores.
Aunque es el propio camino lo más relevante de la peregrinación, los extremos también tienen su importancia, el origen, porque nos sirve de referencia espacio-temporal, saber de dónde venimos nos da idea de cuánto queda, en distancia, en tiempo y en esfuerzo, para llegar. Y el destino, obviamente, porque es la meta que nos hemos marcado, el objetivo que orienta y da sentido al recorrido. No parece por tanto sensato, minimizar la importancia de los extremos, como tampoco lo es volcarlo todo en la meta.
Al día siguiente, uno de mayo (será fácil contar los días), salimos de Oviedo bajo un agradable orballo del que el paraguas nos protege perfectamente. Poco a poco el paisaje urbano va dando paso a otro menos transformado, al menos no tan recientemente (aunque ya sabemos que todo paisaje es construido culturalmente), nos vamos adentrando en el verdor intenso de los prados y en la húmeda frondosidad de los bosques que ya no nos dejarán hasta Santiago: fresnos, robles, castaños, abedules alisos, algún haya, algún tejo, más adelante pinos y eucaliptos, brezo, tojo, retama, zarza, escaramujo… Las expectativas se superan y el ánimo se fortalece. Por donde vamos pasando, no hay árbol en el bosque, ni planta ni arbusto ni flor en el prado, ni iglesia en el camino, ni molino en el río, ni pueblo, ni arroyo, que escape al conocimiento sin límites de estas tres enciclopedias vivientes junto a las que tengo la suerte de caminar.
Los primeros kilómetros con la mochila, se dejan sentir en la espalda, y me alegro por no haber pagado la novatada de un exceso de equipaje con el que hay que cargar todo el camino. Eso sí, reducir a menos de seis kilos el peso total transportado, casi me cuesta una obsesión en las semanas previas a la partida. Y el barro, los charcos, la hierba mojada y el terreno irregular, me confirman el acierto de traer buenas botas de montaña en lugar de zapatos de tracking u otras opciones que había barajado.
Ya desde el principio, el espíritu del camino genera un sentimiento de empatía, de hermandad entre los peregrinos, una suerte de sociedad auténtica, de communitas en el sentido de Victor Turner, pero itinerante. La gente que nos cruzamos nos saluda y nos desea buen camino, y nosotros a ellos, con algunos la conversación se alarga, se intercambian consejos y experiencias mientras caminamos acompasados, las tres obligaciones de Marcel Mauss se manifiestan claramente: se ofrece lo que se tiene, se acepta lo que se ofrece y se devuelve lo que se recibe. Con algunos iremos coincidiendo hasta el final y se crearán lazos de amistad, posiblemente duraderos.
Poco antes de Llampaxuga, a siete u ocho kilómetros de la salida, un caminante que regresa hacia Oviedo nos avisa de la capilla del Carmen que está próxima, está cerrada, pero en el atrio hay un sello que podemos poner en nuestras credenciales. ¿Tiene pinta de cura?. Con un simple golpe de vista comienza la asombrosa tarea de estereotipado del caminante con el que nos cruzamos, incluso antes que la vista, el oído puede comenzar esa labor: el ritmo de los pasos, la forma de pisar, por supuesto la conversación, cuando la hay, aunque en la lejanía sea ininteligible, la apariencia física, la forma de caminar, la indumentaria, la mochila, el calzado, los bastones si los lleva (o si no los lleva), la forma de saludar (o si no saluda), la sonrisa o no, la expresión del rostro, levísimos signos de esfuerzo, de sufrimiento, de resignación, de alegría de satisfacción, de dulzura o de dureza, de equilibrio o de ansiedad. Es impresionante la enorme cantidad de información que extraemos en breves instantes de aspectos tan extremadamente sutiles y circunstanciales. Si cruzamos unas pocas palabras la información crece exponencialmente: el acento, la prosodia, la vocalización, el tono, el volumen, el vocabulario, el ritmo, la cortesía, la distancia, la timidez, la seguridad, la contundencia, la ironía, el humor… Cierto es que si tenemos la oportunidad de profundizar, nos daremos cuenta de que muchas de las conclusiones a las que habíamos llegado eran erróneas, y la imagen primera se irá remodelando (una labor que nunca termina, no solo porque es imposible conocer completamente al otro, sino porque además, las personas vamos cambiando con la propia interacción). Aun así, el porcentaje de acierto es asombroso, casi inexplicable, indudablemente es para esto para lo que estamos hechos.
Cuando llegamos a Grado, un poco tarde ya para almorzar, hay división de opiniones, unos decidimos tomar directamente el menú mientras otros optan por picar algo ahora y luego cenar temprano como Dios manda. La ducha de rigor, el descanso, un paseo por el pueblo disfrutando del inesperado sol vespertino y un poco de charla con los otros peregrinos, ocupan la tarde, después unos cenan y otros no, temprano a dormir para temprano levantarse, estamos deseosos de seguir el camino.
Por la mañana el orballo vuelve a acompañarnos, pero no incordia demasiado, y no durará mucho. Los paisajes siguen siendo maravillosos y el cielo de la mañana, con nubarrones abigarrados y claros de azul intenso nos deja extasiados. De nuevo bosques frondosos, agua por todas partes, el río Narcea y su afluente el Nonaya, el monasterio de Cornellana, y algo de carretera. Pero el paisaje no es solo visual, también se oye: el agua que corre en los ríos y arroyos, fuentes y manantiales, las gotas de lluvia sobre la hojarasca, o sobre el paraguas, la brisa o el viento que mece las hojas de los árboles, el cliqueteo de los bastones y paraguas que pautan nuestro andar como un metrónomo (tic-tic-tac, tic-tic-tac), los pasos, el jadeo, el murmullo lejano de algún peregrino, los pájaros: mirlos lavanderas, herrerillos, urracas, cornejas, palomas, tórtolas… El mugido de la vaca, el relinchar del caballo, el rebuzno del burro, el ladrido del perro, el graznido de las ocas, el croar de las ranas, el zumbido de las moscas y abejas y otros insectos, el tañer de la campana, tractores, desbrozadoras, motosierras, coches y motos por las carreteras, bicicletas por los caminos. Y el silencio, que también conforma estos paisajes.
Ya durante el camino, los lugareños con los que nos cruzamos nos lo habían recomendado, Casa Pachón, el mejor sitio para comer en Salas, y al llegar al albergue el hospitalero nos lo confirmó, y nos dio alguna pista sobre la abundancia del menú, pero no supimos entenderla. En el restaurante, un joven de grandes patillas nos indicó que habíamos de comer fuera, dentro estaba completo. Como la tarde se había puesto buena, aceptamos, y sin mediar palabra nos trajo el primer plato, una gran cazuela de sopa de pan, que otros llaman de marisco, para que nos sirviéramos ad libitum, como estaba exquisita, ajenos a lo que se nos venía encima, repetimos un par de veces. De segundo garbanzos con berzas, aún más ricos, una gran olla de la que también nos servimos más de un plato. Preguntado el camarero por el menú no da muchas explicaciones, se limita a decir “aquí va a venir la de Dios”, lo cual nos pone en guardia, pero ya era tarde. Los guisantes vinieron de tercero, creo, riquísimos, parece absurdo pero también repetí, pote asturiano de cuarto, arroz tipo paella de quinto, también muy bueno, pero ya estábamos extenuados. Todo ello, naturalmente, regado con abundante vino. Y en el sexto nos dio a elegir: pescado, carne, escalopines y no sé qué más. Confiábamos en que, como Dios, en el séptimo descansaría, pero no, vino el postre y el chupito de orujo, un auténtico disparate, una agresión brutal para el estómago, solo del peso, aunque nos lo hubiéramos puesto encima, ya hace daño. Alguno repitió con los chupitos para ayudar a la digestión (el alcohol etílico es un buen disolvente orgánico), y la estabilidad se resintió, pero con un poco de descanso, la subida hasta el cementerio para ver el texu, y un paseo urbano junto al Nonaya por este precioso pueblecito de estampa pirenaica, la cosa se fue aplacando. Está claro que esta noche no se cena.
Nuestro tercer desayuno lo hacemos en una cafetería dónde la señora regala a los peregrinos un plátano y un dulce para el camino, un detalle que agradecemos. Salimos de la población y seguimos una hermosa vereda junto al río Nonaya. Por lo que hemos ido viendo, y preguntando, al menos treinta o cuarenta peregrinos salimos de Oviedo el día uno, muchos más de los que esperábamos, parece que el camino primitivo está en auge y cada año aumenta el número de caminantes. Es sin duda un alivio a la agonizante vida de estas aldeas rurales, albergues, bares y comercios ven aumentadas sus ventas gracias al trasiego de peregrinos. Los caminos de peregrinación son lazos que unen las poblaciones transportando bienes, noticias e ideas, y nutren a su paso las aldeas como el río nutre los cultivos. A partir del siglo XV el camino perdió su auge y empezó a decaer hasta quedar casi en el olvido. No fue hasta el último cuarto del siglo XX cuando un nuevo resurgir, fomentado por autoridades, organizaciones laicas y religiosas y finalmente la UNESCO, ha convertido al camino en lo que hoy es, un fenómeno de masas conocido en todo el mundo. Desde luego, poco tienen que ver las peregrinaciones, más bien turísticas, que realizamos en la actualidad, con las que se llevaban a cabo en la edad media, los tiempos han cambiado, afortunadamente, las mentalidades son completamente diferentes, la estructura social, la cosmovisión, las infraestructuras, la tecnología… La distancia cultural que nos separa de aquellos primeros peregrinos es enorme, pero todos esos siglos de historia han impregnado los caminos, las aldeas, las iglesias, los monasterios, los rincones y las gentes, y el halo intangible de rito ancestral no se ha borrado del todo, convirtiendo a la ruta jacobea en algo muy especial.
La tercera etapa nos llevará a Tineo, dónde celebran una feria de muestras. Como en días anteriores, el camino es muy hermoso, vamos viendo paneras y hórreos asturianos, muy diferentes a los gallegos. Un campesino que encontramos, muy auténtico, con sus madreñas, nos explicó la diferencia, los hórreos tienen cuatro pilares, y las paneras seis o más.
A la entrada de Tineo encontramos la ermita de San Roque, en el campo del mismo nombre. Paramos unos instantes para reponer fuerzas, y contemplamos el juego de bolos que se estaba celebrando. Según nos dicen, es una modalidad autóctona que tiene más bolos que en otros lugares, la fuerza con la que lanzan la bola es impresionante. El albergue municipal está aquí cerca, pero el hospitalero de Salas nos habló de un albergue recién estrenado en el hotel Palacio de Merás, así que nos alojaremos en él. Las instalaciones son magníficas, como corresponde a un hotel de cuatro estrellas, pero a precio de peregrino, incluido baño turco, sauna y ducha de chorros gratis. Y la atención que recibimos, a pesar del ajetreo por la feria, fue digna de encomio, la sensibilidad que demostraron con los peregrinos se echa de menos en otros albergues. Tras registrarnos y asearnos, comemos unas deliciosas fabes con marisco y descansamos un poco. Por la tarde, bajamos a la feria de muestra, donde se exhibe, sobre todo, maquinaria agrícola y viandas del lugar. De regreso al centro, descubrimos un mural que anuncia el hermanamiento de Tineo con Las Cabezas de San Juan, yo me quedo sorprendido, no encuentro la relación que puede unir a dos poblaciones tan dispares, pero la perspicacia de Joaquín enseguida encuentra la clave: el nexo de unión debe de ser Rafael del Riego, un general nacido en Tineo que se alzó en Las Cabezas en 1820, es apabullante.
En el cuarto día de camino, los ánimos están muy altos, quizás más de lo conveniente, todo discurre según lo previsto, mejor incluso, los pies aguantan perfectamente, y el resto del cuerpo también, el ambiente en el grupo es inmejorable, la organización perfecta, más gente de la esperada en los albergues, pero por el camino apenas se nota, viene bien la compañía ocasional.
Los olores componen también el paisaje: el estiércol de las vaca, el agradable aroma del heno húmedo y fresco, el intenso hedor del heno fermentado (que a las vacas vuelve locas), la leche en los establos, la tierra mojada, la hierba, las flores del brezo, del tojo y todas las demás, los árboles, de todo tipo, el sudor, propio y ajeno, otros olores que no se identifican…Todo contribuye a la imagen polisensorial del paisaje.
Como hemos decidido tomar la variante de Hospitales, nos quedaremos en Borres, por lo que la etapa será corta. Se trata de una ruta de montaña que discurre a más de mil metros de altitud, sin ningún servicio ni refugio durante todo el trayecto, hasta el puerto del Palo, donde se une con la etapa normal. Todo el mundo aconseja evitar esta variante si el tiempo no es bueno, pero a pesar de que el orballo no termina de abandonarnos, nosotros estamos decididos a intentarlo. Por el camino divisamos la sierra del Palo, por la que discurre la variante, y el puerto, y vamos valorando las posibilidades: por la mañana decidiremos según las condiciones meteorológicas. Al llegar a Campiello, a pocos kilómetros ya de Borres, paramos a tomar un refrigerio en Casa Herminia, tiene hostal y albergue con buena pinta, pero es demasiado temprano para acabar la etapa. Cuando llegamos a Borres, el albergue está aislado, a las afueras del núcleo urbano, un poco abandonado, pero servirá para pasar la noche. La puerta está cerrada y hay que ir por las llaves al bar Barín, así que dejamos las mochilas con Manolo y los otros tres vamos a buscarlas. La aldea es muy pequeña, en 2006 tenía 43 habitantes censados, pero la hospitalera es muy simpática y muy resolutiva, decidimos tomar algunos pinchos tranquilamente y encargar cena para la tarde, así que llamamos a Manolo para que abandone las mochilas a su suerte y nos acompañe. No hemos tenido ninguna sensación de inseguridad en estos días, las mochilas las vamos soltando en la puerta de los bares despreocupadamente, no se nos pasa por la cabeza que alguien intentara robarnos. De vuelta al albergue nos cruzamos con nuestros amigos, una pareja de Tenerife, Nena y Ambrosio, y otra de Barcelona, Sole y Javi, con los que hemos venido coincidiendo desde el principio, parece que vamos a estar solos los ocho. Pero poco a poco comienza a llegar más gente, se completa el aforo, dieciséis literas y cuatro colchones por el suelo, hay que juntar las camas para hacer sitio a los colchones, y tener cuidado al bajar para no pisar a nadie. A pesar de todo, el ambiente es extraordinario, desde temprano se apaga la luz, se hace el silencio, y se respeta al que duerme, solo el silbido del fuerte viento, que intentaba advertirnos de lo que se nos venía encima, quiebra el silencio de la noche, y algún inevitable ronquido que un golpe certero de almohada consigue acallar.
Como de costumbre, por la mañana orvalla, o algo más que eso, aunque en el cielo aparecen claros y podemos observar un arcoíris completo. Durante el desayuno, en el Barín de Borres, se reúne el consejo para valorar la situación y tomar la decisión definitiva, recabamos la opinión de la hospitalera, pero ella, sabiamente, no se define, es una decisión que debemos tomar nosotros, aunque sí nos dice que si nos mojamos, ya nos secaremos. Joaquín lo tiene claro, con este tiempo es mejor ir por abajo, Manolo prefiere ir por arriba, yo no estoy tan seguro, pero finalmente me inclino por la montaña y Quino también, así que la decisión está tomada: alea jacta est. Cuando llegamos al desvío, Quino y yo, que caminamos algo adelantados, enfrascados como solíamos en alguna conversación, nos lo saltamos, y seguimos unos metros hacia Pola, pero rápidamente, los de atrás nos avisan para que no nos escapemos, parecería que el subconsciente nos estuviera previniendo. Cuando empezamos a subir, los paraguas van abiertos, y el viento se empieza a notar, pero algunos claros en el cielo nos hacen albergar la esperanza de que abra. Pero lejos de abrir, a medida que ascendemos, la lluvia arrecia, el viento aumenta y la niebla se espesa, el paraguas no es adecuado para estas condiciones, pero en lo que se cierra, se quita la mochila, se saca el poncho, se vuelve a poner la mochila, y se enfunda uno el poncho, la mojada puede ser tremenda. Por el momento no hay alternativa, aguantar como se pueda, luchando contra el terrible viento, cada vez más fuerte, intentando poner el paraguas de cara, para que no lo destroce, sacando la cabeza de vez en cuando para adivinar el camino, y rogando a los hados por que amaine el temporal. No se ve nada, el viento soplando contra el paraguas es brutal, una varilla se ha roto, y la tela ondea contra mi cara, la lluvia cae casi horizontal, empieza a granizar, golpeando las mejillas con fuerza. Caminamos en esas condiciones algunos kilómetros, sin ver nada, pasamos por lo que parece las ruinas del primer hospital, y luego del segundo, creo, unas cuantas piedras y una placa que ni siquiera leo, solo pienso en salir de esta. Entre la niebla se vislumbra lo que parece ser un cobertizo, me tiro hacia él para resguardarme aunque sea unos instantes y poder ponerme el poncho. Es una vaqueriza, completamente embarrada, con el techo muy bajo, pero a resguardo del viento y de la lluvia, un gran alivio. Tras unos momentos de descanso, viendo que el temporal no amaina (más bien al contrario), salimos de nuevo a la intemperie para proseguir nuestro camino, ataviado ya con el poncho, aunque las condiciones siguen siendo malísimas: la capucha, azotada por el viento, no deja ver nada, ni oír, los guantes están empapados a estas alturas, y la parte expuesta del pantalón, entre mitad de pierna y mitad de muslo, chorreando. Suerte que llevo las polainas, y mis botas, que me mantienen los pies secos. Cuando llegamos, por fin, al puerto del Palo, llevo el poncho rasgado, me lo enganché con la mano y el vendaval hizo el resto, las condiciones no han mejorado, pero en cuanto empezamos a bajar, el viento, que ha sido lo peor, va amainando, y la lluvia da alguna leve tregua, suficiente para recuperar el humor, que realmente se había perdido. Joaquín da un palito: ¿no queríais Hospitales…?. Toca callarse y aguantar mecha.
Cuando sale el sol, el mundo se ve de otra manera, Quino y yo tarareamos aquella canción de los Beatles, el cuerpo se calienta, se estira, se relaja, y el ánimo se recupera, vuelven las ganas de bromear, y los malos ratos quedan atenuados en el recuerdo. Hasta nos acercamos a ver el texu de Lago, junto a la iglesia parroquial de Santa María. Al llegar al albergue de Berducedo, ya voy casi seco, pero la ducha caliente hoy será especialmente gratificante. De los que estamos en el albergue, el único par de botas seco es el mío, suerte que no me decidí por los zapatos de tracking. El sol que asoma y el viento, nos permiten secarlo todo, y con media pinza y un poco de alambre de cobre que siempre llevo, consigo reparar el paraguas, todo dispuesto para proseguir el camino.
Ya hemos cubierto cinco etapas y lo peor parece que ha pasado, hoy dormiremos en Grandas de Salime, última noche en Asturias, el día está bueno y casi no sopla viento, la etapa es especialmente bella, y tiene bastante desnivel, como a mí me gusta. Primero subimos hasta más de mil metros, luego bajamos hasta el embalse de Salime, a 220 m, y luego volvemos a subir hasta Grandas, a 570 m. Vamos recordando la etapa de ayer, épica, y nos preguntamos cómo sería la vida de los peregrinos de la edad media, sin los medios de hoy, sin recursos, viviendo de la caridad, expuestos a las inclemencias, al pillaje, a la miseria, a las vicisitudes del azar, a veces durante años, no eran pocos los que caían en el intento. Qué motivación tan fuerte los traería, qué mentalidad tan diferente de la nuestra. Aunque nos gusta creer que somos dueños de nuestro destino, el azar nos lleva como el viento arrastra las hojas. La metáfora de la vida como un camino está también en el juego de la Oca, al que se atribuye gran antigüedad (algunos ven un antecedente en el Disco de Festos, del siglo XIX adC, aunque a mí me parece una exageración). Y particularmente se asocia al camino de Santiago. Hay elementos en el tablero reconocibles como vicisitudes en la vida de un peregrino: puente, posada, juego, pozo, laberinto, cárcel, muerte, y final. Las ocas tienen un significado más oscuro, quizás sean gansos que migran, algunos han querido ver en la disposición de las casillas símbolos cabalísticos. Lo que parece claro es la metáfora de la vida como un recorrido unido inexorablemente al azar, no hay estrategia, ni decisiones que tomar, solo tirar los dados y someterse a lo que salga.
En Grandas visitamos el Museo Etnográfico, naturalmente me encantó, mucho mejor de lo que esperaba, pensaba que sería una colección de objetos folclóricos, pero me encontré una estupenda recreación del modo de vida rural campesino tradicional del occidente asturiano, a través de utensilios, herramientas y objetos de los más variados oficios y actividades, incluido un molino, una panera, habitaciones de una casa, tonelería, bar con destilería, tienda, barbería, consultorio médico, escuela… Además, la guía fue muy amable y atenta, y mostro unos conocimientos profundos de todo lo que preguntamos. Nos confirmó lo que ya nos había dicho el campesino: “aunque oficialmente os debería decir otra cosa, por aquello de la estandarización, aquí siempre se llamó hórreo a los de cuatro pilares y paneras a los de más”.
La séptima etapa, entre Grandas de Salime y A Fonsagrada, promete estar a la altura de la anterior. Parece que la lluvia nos ha abandonado definitivamente, en lo sucesivo, el paraguas servirá de sombrilla, aparte de bastón, como siempre. Un buen paraguas es más útil de lo que muchos se piensan y el mío, a pesar de estar algo maltrecho por el vendaval de Hospitales, me está ayudando mucho (Joaquín dice que es paraguas de cura gallego). Eso sí, lo voy olvidando por todas partes, no sé cómo lo conservo aún.
Salgo de Asturias sin haber probado la fabada, una espina que llevo clavada en lo más hondo, hubo fabes, sí, deliciosas, pero no fabada. Uno tiene que asumir sus errores, en eso consiste la madurez, y la decisión de tomar la variante de Hospitales fue uno considerable, y lo pagamos con el mal rato que pasamos en el temporal, pero hay algo peor: al quedarnos en Borres en lugar de en Pola de Allande, no pudimos comer en La Allandesa, dónde según anuncian por todo el camino, sirven la mejor fabada del mundo. De nada sirve lamentarse, las experiencias pasadas, si salimos de ellas, nos enriquecen, pero lo de La Allandesa lo llevo bastante mal. Tendré que aprender a vivir con eso.
Las conversaciones, a lo largo de todo el camino, han sido de lo más variopintas: historia, geometría, filosofía, física, geografía, biología, literatura, música, matemáticas, cualquier cosa. Pudiera parecer que, enfrascado en una conversación se aísla uno, y es verdad que se pierden los detalles, pero no hace falta prestar atención para disfrutar del camino, el ambiente se ve, se oye se huele y se respira de forma automática, y verdaderamente, andando se ven las cosas con más claridad, cosas que en el sofá son difíciles de entender, caminando parecen evidentes. Andar lo mejora todo, no solo el pensamiento, al fin y al cabo, pensar es una función orgánica como cualquier otra, como la función renal, o la digestiva, el organismo es un todo, el dualismo cartesiano, que tanto empeño pone la ciencia en desterrar, no es más que un artificio, una ilusión. O quizás no, de esto no estoy seguro, como de nada, este asunto es complejo incluso caminando.
La subida al monte da Curiscada es empinada, y aun hay que seguir subiendo hasta la línea de generadores eólicos, son enormes, pero hoy casi no sopla viento, qué diferencia con la etapa de Hospitales. El esfuerzo hace que las conversaciones se interrumpan y el grupo se estire, arriba nos esperaremos, para no cortar el ritmo en la subida. Cuando llegamos al límite de comunidad, entre Asturias y Galicia, nos hacemos unas fotos. En realidad no está marcado, lo intuimos porque coincide con el puerto del Acebo, y lo buscamos con precisión en el GPS. Es un punto singular porque puede considerarse la mitad de nuestro camino, en tiempo y en distancia, y además pasamos de una comunidad a otra. No sé qué tiene la liminalidad que tanto cautiva, el camino en sí es un estado liminal, intermedio, transitorio, como un rito de paso, pero eso nos llevaría demasiado lejos y ya he divagado lo suficiente.
Poco después salimos a la carretera y paramos en la venta del Acebo para sellar y reponer fuerzas. Es un curioso lugar, con mucha solera, la cerveza está fresca y la empanada exquisita. Es fácil comprobar que ya estamos en Galicia, no solo porque los caminos están más cuidados, sobre todo porque las conchas que nos han venido guiando desde Oviedo han cambiado su sentido, ahora apuntan con la parte abierta. Es completamente absurdo, puede argumentarse que es mejor de una forma o de la otra, pero, ¿qué más da?, no es más que un símbolo, una convención, y lo importante de las convenciones es precisamente que todos la entiendan de la misma manera. En este caso, por surrealista que parezca, no han sido capaces.
La última parte de la subida a A Fonsagrada se hace algo dura, una empinada cuesta, bastante larga, que con el calor resulta pesada, pero para mí ha sido, quizás, la mejor etapa.
El octavo día de camino amanece radiante, y a nosotros nos coge caminando, ya tenemos que aprovechar el fresquito de la mañana y evitar el calor del mediodía, y la etapa de hoy tiene muchas subidas y bajadas, y alguna cuesta antológica. Primero subimos hasta el hospital de Montouto, del siglo XIV, a más de mil metros, luego bajamos a Paradavella, a 685 m, A Lastra a 825, por la cuesta del sapo (quizás la más fuerte de todo el camino), que cada uno sube como puede, luego se baja un poco y se vuelve a subir al alto da Fontaneira, a 934 m, y finalmente se baja hasta O Cádavo a 732 m. Algunos peregrinos evitan el tramo de la cuesta del sapo yendo por la carretera, hay que comprender que cada uno conoce sus limitaciones, y a estas alturas hay quién va bastante justo de fuerzas, pero no es para tanto, y el esfuerzo merece la pena, es uno de los tramos más bellos de todo el camino, sin mencionar el castigo que supone para los pies tanto asfalto recalentado. El final de la etapa se hace largo, sobre todo por el calor, casi preferimos la lluvia, el orballo sin duda.
Tras ocho días caminando, el cuerpo está hecho a andar, y los pies también, y la rutina diaria interiorizada: llegar al albergue, registrarnos, sellar, coger cama, turno de ducha, comer, colada sí es necesario, tender, planificar la etapa siguiente (a veces), visitar el pueblo, intercambiar impresiones…En poco tiempo uno se adapta a esta vida nómada, ahora pienso que podría seguir así toda la vida, cinco kilos y pico sobran para llevar una vida plena, comida y cama aparte, claro.
La novena jornada nos lleva a Lugo, y siendo sábado podremos disfrutar del ambiente de esta incomparable ciudad, pero la etapa es larga, y aunque la mayor parte iremos por bellísimas congostras y corredoiras protegidas del sol por galerías de robles y castaños, al final el calor nos castigará sin piedad. Parece que definitivamente, la lluvia nos ha dejado, podría abandonar el paraguas, pero me sirve de sombrilla, y además siento un extraño afecto por él después de tantas vicisitudes juntos. El poncho es más antipático, si se pone tonto lo dejo en la primera papelera que vea, pero se esconde en el fondo de algún bolsillo de la mochila para no llamar la atención.
A unos 15 Km de O Cádavo sale un desvío hacia Soutomerille y su iglesia prerrománica de San Salvador, implica alargar como un kilómetro el camino, ni que decir tiene que, siguiendo nuestra política de no dejar escapar nada, la visitamos. Más que la propia iglesia, a mí me impresionó un enorme castaño de más de 350 años que hay junto a la corredoira, el tronco es descomunal, y la copa inmensa, y hay otros varios del mismo porte que vamos encontrando. De vuelta al camino principal nos encontramos con nuestros amigos canario-catalanes, ellos se desvían menos que nosotros del camino recto.
Como era de esperar, la llegada a Lugo se hace pesada, cuando finalmente entramos en el albergue estamos cansados y acalorados, nada que una buena ducha, algo de picoteo y un poco de descanso no pueda reparar. Los sentimientos en esta preciosa ciudad amurallada son antagónicos, la alegría de haber completado el camino primitivo propiamente dicho con tan buen ánimo, pero este es el fin para Quino, su apretada agenda no le permite acompañarnos hasta Santiago, el grupo ya no será el mismo, iremos cojos con esta pérdida, y nos acordaremos de él en muchas ocasiones. Tampoco el resto de peregrinos con los que venimos coincidiendo desde Oviedo seguirán con nosotros: Sole, Nena, Ambrosio, Javi, Jesús, José, Francin y las otras francesas, los mexicanos, y muchos otros cuyo nombre no recuerdo, pero sí su simpatía. Nuestros caminos se separan, ellos seguirán hacia Melide por el camino oficial, y nosotros hacia Friol buscando el camino del Norte. En la recepción, antes de acostarnos, nos despedimos de muchos de ellos, aprovechando un amago de motín por lo temprano que se cierra el alberge, estando Lugo tan animada. Con algunos volveremos a encontrarnos en Santiago. Como en la vida, la pérdida de un compañero de viaje, aunque en este caso sea temporal (también en la vida lo es para los creyentes), produce tristeza, que nos vemos obligados a ahogar con ribeiro, pulpo y algún chupito.
Por la mañana, Quino se levanta para despedirnos, nosotros desayunamos en la estación y salimos de Lugo por el puente romano. Vamos siguiendo el Miño río arriba, pronto aparece la primera flecha verde que nos llevará a Friol por hermosas corredoiras, a través de la auténtica Galicia rural, sin artificios turísticos para peregrinos. No es ningún camino oficial, se trata de una ruta señalizada por un sevillano, según sus propias palabras: “algunas veces abierto a golpe de palo y hoz, sin ningún tipo de ayuda privada ni institucional y con medios muy precarios (un palo, una hoz, un spray de pintura verde y un gps…”. Los más puristas consideran que salirse del itinerario oficial desvirtúa la peregrinación, en absoluto comparto esa opinión, como me dijo un veterano peregrino, “todos los caminos que conducen a Santiago son Camino de Santiago”. Pasado el puente nuevo giramos hacia el Oeste, buscando el río Mera, desde el punto de vista paisajístico, este es el tramo más bello de todo el camino, se trata de un PR que discurre por la ribera del Mera, algunos tramos entarimado, atravesando un espeso bosque de robles, abedules, castaños, alisos, muy húmedo, poblado de helechos, con espectaculares cascadas y rápidos, y otras veces remansado, con puentes que lo cruzan y molinos que antaño aprovechaban su fuerza. En cierto modo me recuerda a Los Alcornocales, pero con robles en vez de alcornoques, y con mucha más agua. La primera parte la hago solo, la descripción que llevamos es antigua y dice que está cortado, por lo que Manolo y Joaquín siguen por la carretera. La bruma de la mañana crea una atmosfera fantasmagórica que la soledad intensifica, el potente sonido del agua, los pájaros que cantan alegres recién levantados, los olores del bosque realzados por el rocío matutino, una experiencia casi mágica. El camino en solitario debe de ser otra cosa, no diría yo que mejor, viajar en compañía, al menos con la que yo llevo, tiene muchas ventajas, pero sí diferente, en soledad se vive más intensamente, se va más atento a los detalles, más en contacto con el terreno, no hay nadie en quién apoyarse, en quién delegar, todo ha de resolverlo uno mismo. Habré de probarlo en otra ocasión.
Hasta A Retorta, a más de diecisiete kilómetros, no encontraremos ningún tipo de servicio, las pequeñas parroquias por las que vamos pasando apenas tienen habitantes, vacas y perros sí, alguna fuente, mucho prado y corredoiras, para los amantes de la naturaleza, el recorrido de hoy es idílico. Cuando llegamos a A Retorta, vamos ya un poco desesperados, el calor empieza a dejarse sentir, y no estamos acostumbrados a aguantar tantos kilómetros sin un bar donde reponer fuerzas. Preguntamos en el pueblo por Casa Arcadio, con la boca hecha agua como el perro de Pavlov, pero parece que los domingos cierra, la decepción es mayúscula, hay que seguir hasta Cotá, y subir al pueblo, que no estaba previsto. Por fin llegamos a Casa Zapateiro, nos quitamos las mochilas, nos descalzamos y nos relajamos un buen rato, cerveza fría y unas costillitas para chuparse los dedos, ya nos hacía falta. Como viene siendo costumbre, la última parte se hace larga, según el GPS han sido casi treinta kilómetros, cinco más de lo previsto, y llegamos un poco hartos y bastante acalorados, pero un poco de descanso nos devuelve las ganas de pasear por este extraño pueblo (a unos más que a otros). Una cena en condiciones, un paseo para bajarla, por el hermoso sendero que bordea el río Narla, y temprano a la cama, lo habitual.
Por la mañana desayunamos antes de salir, la etapa de hoy promete ser aún más agreste que la de ayer, y hay que llevar algo en el cuerpo, no hay bar hasta O Mesón, a 19 Km, cerca ya de Sobrado dos Monxes. La mayor parte, vamos por tupidas corredoiras y hermosos bosques de pino o de carvallo. Algunos tramos están muy embarrados, pasado Xiá, tomamos un camino alternativo, más recto, para evitar una zona encharcada, pero está completamente cerrado de maleza, tenemos que abrirnos paso entre la zarza como alimañas. Joaquín y Manolo solo hacen la primera parte, y retoman el camino marcado, yo continúo otro trecho solo, por un espesísimo bosque de finos carvallos, muy juntos y con mucho matorral, es difícil avanzar y orientarse, y fácil arañarse, engancharse y perderse, pero esto es lo mío.
En O Mesón, el esperado bar. Estamos ya en el camino del Norte, y la tabernera se queja de que este camino está en decadencia, cada año viene menos gente, mientras el Primitivo está en auge, y el Francés no digamos. Por sus características, el camino del Norte, más llano, parece más apropiado para las bicicletas, que paran menos, mientras que el Primitivo, mucho más quebrado, tiene el atractivo de la dureza, supone un reto que atrae a mucha gente. Por supuesto, el Francés es el más conocido y el que tiene más tradición, y en la parte final va recogiendo a todos los demás, por lo que está masificado en casi todas las épocas, tendremos ocasión de comprobarlo.
A la llegada a Sobrado, pasamos por la laguna de los monjes, el croar de las ranas produce un estruendo ensordecedor, miles de ranas croando con fuerza al unísono, intentando buscar pareja, supongo. El monasterio es imponente, ya desde la distancia se divisa altivo y solemne, y cuando nos vamos acercando, la idea de pasar una noche entre sus muros nos maravilla. Las normas de los monjes son estrictas, este no es un establecimiento turístico, la puerta permanece cerrada entre las dos y las cuatro de la tarde, como son las dos y cuarto, aprovechamos para disfrutar de una comida reposada. A las 21:15 asistimos a Completas, la última oración del día, en la que los monjes cantan sus oraciones acompañados por un órgano, la atmósfera mística que se crea con esas voces, el silencio y la penumbra, nos deja absolutamente relajados, los ojos pesan como losas, no hay mejor terapia contra el insomnio.
La penúltima etapa nos llevará a Salceda, a unos veinticinco kilómetros de Santiago, y será la más larga de todas, al final se puso en más de 37 Km, según el GPS. Pero los pies ya están curtidos, y la rutina de descalzarlos a los veintitantos, da un resultado perfecto. A partir de Arzúa, el camino Francés se nota, los grupos de peregrinos, que hasta Lugo fueron esporádicos y reducidos, y entre Lugo y Sobrado desaparecieron, aquí son continuos y numerosos. El paisaje también ha cambiado bastante, los caminos están mucho más cuidados, y los bosques de castaño y roble dan paso a los pinos y sobre todo a los eucaliptos, preciosos también, frondosos, con ejemplares enormes, altísimos, de aspecto muy diferente a los que vemos por aquí abajo.
Cerca ya de Salceda, paramos en una taberna muy castiza, Casa Tía Dolores, con música de Milladoiro y un pulpo que quita el sentido, el mejor que comí, descansamos los pies, aplacamos la sed y el hambre, y proseguimos con el ánimo renovado.
La última etapa la afrontamos con calma, los grupos de peregrinos son cada vez más nutridos y frecuentes, cuando llegamos al Monte del Gozo, con Santiago ya a la vista, paramos un rato y nos hacemos unas fotos. La verdad es que no sentí una emoción especial, como dicen muchos peregrinos que sienten, la alegría de la llegada amalgamada con la tristeza del final ha ido apareciendo de forma progresiva, nada que ver con este lugar emblemático. Cruzamos por dentro del gigantesco albergue, que se encuentra cerrado por reformas, creo que son quinientas plazas las que tiene, es impresionante.
Ya en Santiago, después de comer vamos a por la Compostela, hay bastante cola, pero es obligado. Luego entramos en la catedral, preguntamos a un vigilante si habrá botafumeiro en la misa de la tarde, y nos dice que “todo indica que sí”. A las siete estamos ya sentados para coger un buen sitio, oímos misa y luego admiramos el vuelo del enorme incensario y las maniobras de los tiraboleiros para impulsarlo. Luego un paseo por Santiago, que está en fiesta (hoy es trece de mayo, Fátima, y mañana Jueves, la Ascensión), acompañados de nuestros amigos, un poco de albariño, algo de picar y esto llega a su fin. Despedida y cierre.
La vuelta, en tren hasta Madrid y en autocar hasta Sevilla, se hace eterna, ahora toca adaptarse de nuevo a las aburridas comodidades de la vida sedentaria.

LOS ACANTILADOS DEL ALGARVE por Trinidad Reina

Miércoles, 27 de Mayo de 2015

ACANTILADOS DEL ALGARVE
MIDE- 2223.
DISTANCIA-15 KM.
COORDINADORES: Antonio Bueno y Rosa Mª Muñoz.
CRÓNICA: Trinidad Reina.
FOTOS: José López y Trinidad Reina.

El sábado 23 de Mayo a las 7,30 h , 38 socios del Club Señal y Camino partimos hacia Portugal desde Cineapolis ( Dos Hermanas ).
Desayunamos en el área de servicio de Trigueros y reanudamos la marcha por la costa onubense hasta el Algarve.
Iniciamos la ruta a las 12h aproximadamente desde el encantador pueblecito de Porches, Sra da Rocha, desde cuyo mirador comenzamos a disparar las cámaras de fotos para no dejar de hacerlo hasta el final del recorrido:
Una inmensa pantalla aceánica de un azul intenso , nos dio la bienvenida contrastando con el blanco de la ermita cercana. Aire limpio, cálido, transparente de brisa salina.

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Bajamos a una pequeña playa que da acceso a un túnel estrecho y oscuro desembocando a su vez a otra playita con escalera hacia la cornisa.
Pronto nos ubicamos sobre la línea de acantilado desde la que nuestras retinas no dejaban de sorprenderse ante tanta belleza: la franja oceánica azul intenso acariciando cielo y tierra. Roca moldeada a capricho de las olas y el viento con formas increíbles ( crestas, ondulaciones, arcos, picachos, grutas, etc). También los inquietantes “algares” como ojos de gigante vigilante a la espera de que alguien asome…Muchos estaban rodeados de vallas protectoras y aún así algún que otro curioso se atrevió a traspasar.

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El acantilado, en su altura, deja ver distintas vetas de coloridos ocres y rojizos que hablan del tiempo geológico y los sedimentos de areniscas. Si observamos las rocas de cerca, apreciamos que todas están impregnadas de fósiles marinos, sobre todo restos de moluscos, habitantes de aquellas tierras sumergidas que ahora asomen al implacable sol.
Cuentan que el acantilado tiene “vida”, sufre una constante transformación por la acción de la erosión en la roca carbonatada que implica una pérdida de territorio que oscila entre los 2mm / año y los 2m /año. Esta evolución se produce mediante secuencias de desmoronamientos episódicos. También la acción mecánica de las olas desgasta la base de la pared rocosa formando cavidades que llegan al límite desprendiéndose en bloques enormes.

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A lo largo del acantilado se suceden pequeñas playas y calas de aguas transparentes encajonadas entre paredes de roca. Vistas desde la cornisa, los azules turquesas y verdosos marcan líneas paralelas al borde de arenas blancas y brillantes. Abundan en la costa algas rojizas que arrastra la marea. Muchas de estas playas sólo son accesibles desde embarcación. Dejamos atrás algunas como Pandodeira, Marinha, Benagil, Carvalho, Algar Seco, etc. Fue en Marinha donde , después de atravesar los patios de algunas casas particulares y bajar una escalera interminable, pudimos descansar y deleitarnos con una cerveza fresquita sin despegar los ojos del horizonte. Pero también aquí tuvimos un percance que nos alteró el orden de los acontecimientos. Una compañera de caminos se resbaló en la bajada con la mala fortuna de fracturarse la muñeca. Una ambulancia la trasladó al Hospital de Portimao junto a uno de los coordinadores. El resto continuamos la ruta…
Avanzamos en el recorrido sobre el acantilado y llegamos a un punto en el que había una especie de excavación a ras de suelo que desembocaba en una pequeña gruta que daba directo a una playita. Para bajar necesitamos usar ambas manos y saltar. Volvimos al acantilado por una escalinata muy empinada en el otro extremo de la playa.

A lo largo del sendero la brisa marina traía aromas variados, desde asados de sardinas al penetrante olor del orégano salvaje que junto a la sabina, la margarita de mar, las malvas, el perejil de mar, el diente de león y las enormes pitas, entre otras, forman parte de la flora singular de estos parajes.

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El sonido de las olas contra las rocas y el graznido de las gaviotas nos acompañaron en casi todo el trayecto. Algunas sobrevolaban muy cerca de nuestras cabezas y apenas se asustaban con nuestra presencia. Más bien nos observaban desconfiadas. Uno de los islotes que divisamos estaba repleto de estas aves. Parecía su lugar de anidamiento.
Ya llegando a Carvoeiro, nos esperaba el autobús. Pero antes nos dispersamos por los numerosos barecitos del pueblo para tomar un café antes de partir a Portimao a recoger a la coordinadora y la compañera lesionada. La espera en la puerta del Hospital fue larga y llegamos muy tarde a casa pero cargados de energía y buenas vibraciones.
Una ruta espléndida, difícil de olvidar. Un paisaje que sobrecoge e hipnotiza al mismo tiempo.
Una mirada desde distancias infinitas que te invitan a pensar , a reflexionar en lo que somos y en lo que hacemos aquí.
Quiero agradecer a los coordinadores Rosa y Antonio por la paciencia con que nos han esperado ante tanta foto. Por su amabilidad, gentileza y sobre todo por la actitud resolutiva ante los problemas que surgieron.

Trinidad Reina.

LOS CAHORROS DE MONACHIL por Mercedes Ruiz

Martes, 19 de Mayo de 2015

Circular. M.I.D.E. 1-3-2-2. Desnivel: 200 metros. 12,5 kms. recorridos en 5h.
Coordinadores: Pepe Morgado y José María Padilla.
Crónica: Mercedes Ruiz.
Fotos: Pepe Morgado, Pepe López y Juan Luis Ferrete.

El sábado 16 de mayo de 2015, a las 7 de la mañana, cincuenta y un socios nos citamos en la rotonda Juan Pablo II para dirigirnos en autobús a Monachil, un municipio de la comarca de la Vega de Granada, a ocho kilómetros de dicha ciudad.

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Desde Dos Hermanas en dirección a Alcalá de Guadaira, enlazamos con la autovía A-92. A mitad del camino, cerca de Aguadulce, desayunamos en el restaurante Río Blanco. Luego tomamos la autovía A-44, la carretera local GR-30 y finalmente, la autovía A-4028 que nos llevó a Monachil.

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A dos kilómetros de Monachil tenemos el desfiladero de Los Cahorros. La palabra Cahorros, en el argot nevadense, significa surcos empinados y escabrosos en las laderas de los cerros. Es un lugar muy apreciado por los escaladores y los senderistas lo consideran un paraíso natural. El sendero se desarrolla paralelo al cauce del río Monachil, entre acequias, paredes verticales y puentes colgantes, para luego salir del cañón a monte abierto. El río, protagonista evidente de esta ruta, nace en las Chorreras del Veleta, a 2.975 metros, tiene veintiséis kilómetros de longitud y desemboca en el Genil poco antes de entrar en Granada; recibe aguas del arroyo Huenes, al pie del Trebenque.

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Sobre las 10.30 de la mañana, el autobús nos dejó en la Era de Los Portachuelos (800 m.), ahora transformada en aparcamiento. La era es un vestigio de un pasado de cultivo de secano, cereales que cubrieron la mayor parte de esta tierra. Nada más bajarme, me fui familiarizando con el entorno. Las estupendas vistas y el aire puro de la mañana estimularon mis ganas de empezar a andar. Me sentía como el corredor minutos antes de iniciar la prueba: nerviosa, pero expectante. Se formaron los habituales corrillos, unos charlaban animosamente, otros se hacían del material que habían guardado unas horas antes en el maletero del autobús. Se respiraba un ambiente de camaradería y de disfrute que siempre consigue emocionarme. Me sentí afortunada por formar parte de un grupo unido por el amor a la naturaleza y al deporte.

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Pero hablemos mejor de la ruta. Espero ser capaz de transmitir toda su belleza. En su primer tramo, fuimos bajando. El sendero llanea por un valle entre huertos y frutales (manzanos, cerezos y granados), flores silvestres, almendros y olivos. Los diferentes olores de las hierbas aromáticas (lavanda, tomillo y romero) asomaron a mi nariz de manera independiente, de este modo, fui capaz de reconocerlos. A continuación, subimos por un camino hecho de escalones de piedra en dirección a Los Cahorros Bajos.

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Conforme ascendíamos, se podía divisar el cañón del río Monachil. Llegamos a la meseta donde están las Eras de Los Renegrales. Desde la segunda era nos entretuvimos a contemplar el encajonamiento que producen las paredes verticales entre las cuales discurre el río Monachil, lugar al que tuvimos ocasión de ir un poco más tarde. La naturaleza te da lecciones constantemente y aquí me sentí en mi micromundo como una piedra minúscula en el desfiladero. Una vez arriba, seguimos el sendero y bajamos por una escalera tallada en la roca. Pasamos las ruinas de la casa de un guarda de una antigua central eléctrica. Allí, un panel informativo nos hace algunas recomendaciones para cruzar el puente colgante de Los Cahorros, de 63 mts., el más largo de todos. De cuatro en cuatro lo recorrimos sin mucho problema. Sin embargo, al ser el grupo bastante numeroso y con la particularidad de que cruzaban gente en los dos sentidos y no podía haber más de cuatro a la vez, tuvimos que hacer muchas paradas en esta parte del recorrido. Algunas personas vencieron su vértigo y pasaron en grupo. Los puentes colgantes se construyeron a principios del siglo XX, con cuerdas y travesaños de madera, y en 1970 se remodelaron y se adaptaron con acero y madera. Son revisados constantemente y a pesar del balanceo, (de ahí su atractivo) son muy seguros.

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Una vez pasado el puente, el camino baja hasta los desfiladeros del río por donde pasa la tubería de conducción de agua. Se han trazado numerosas vías de escalada en sus paredes de más de treinta metros de altura y pudimos ver cómo grupos de jóvenes practicaban este deporte. Mientras esperábamos, estuvimos contemplando sus evoluciones y al final les aplaudimos. ¡Todo un espectáculo!

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Caminamos por una vereda cementada construida a unos metros sobre el cauce del río. En algunos puntos se han colocado unos agarres porque la roca sobresale y puede haber peligro de caída. En otros tramos pasamos agachados. Nos adentramos por el túnel o la Cueva de las Palomas formada por la erosión fluvial.

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Salimos del desfiladero al paraje de Las Hazuelas, también llamado Cerro de las Uvas, por la abundancia de viñas que hubo en otro tiempo. Todavía se pueden ver algunas parras y rosales silvestres. Llegamos al puente y a la galería de Las Hazuelas. El abovedado se construyó en 1982 y sus aguas se utilizan para el abastecimiento de los pueblos de la Mancomunidad del Río Monachil. A orillas del río, unos jóvenes estaban tomando el sol en bañador. El agua estaba fresca, muy fresca, porque apenas hicieron intentos de mojarse los pies. El puente colgante da a un sendero por el que se puede regresar a las Eras de los Renegrales. Nosotros optamos por buscar un lugar de sombra donde poder almorzar y cruzamos el río con poco caudal, saltando sobre las piedras.

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Media hora más tarde, nos dirigimos hacia el puente de Las Chorreras. Cruzamos el río y una señal nos indicó el Camino de la Solana por donde fuimos ascendiendo. En este tramo, el paisaje se vuelve más agreste y el camino discurre elevándose por una zona de matorral y de arbustos en su mayoría espinosos. Un sol de justicia estuvo a punto de desanimarme, sin embargo la maravillosa panorámica de los Cahorros lo impidió. Continuamos nuestro camino y pasamos por debajo del Cortijo del Cerrillo hasta llegar de nuevo a la Era de los Portachuelos.

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En el aparcamiento tuvimos que esperar un cuarto de hora. La carretera estaba cortada porque se celebraba a esa hora el II Rally-crono del Purche-Monachil y estaba previsto que el autobús nos recogiera en el pueblo. Los coches pasaban a una velocidad de vértigo haciendo un ruido espantoso. Algunos disfrutaron con el espectáculo, pero yo no puedo decir lo mismo de mí. Unos minutos después, oímos las sirenas de bomberos y ambulancias que anunciaban un accidente. En cuanto nos dieron paso, caminamos por la carretera de El Purche en dirección al bar El Puntarrón donde tomamos un refresco. Luego, pasamos junto a la Fuente del Piojo. En el pueblo, bordeamos el río y lo cruzamos en dirección al Ayuntamiento. Mientras nos refrescamos en las reparadoras aguas de una fuente y nos sentamos un momento en unos jardines bajo la sombra de los árboles, miré al cielo, estaba sembrado de parapentes multicolores, una estampa muy relajante. Luego en casa, me enteré que se estaba celebrando en Cenes de la Vega, una localidad cerca a Granada, la tercera manga del campeonato de Andalucía. Cuando el grupo estuvo completo, el autobús vino a recogernos.

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Finalmente, estuvimos tomando café con pionono en La Isla, una afamada cafetería de Granada. Ante el regocijo de todos los participantes, nuestros queridos coordinadores sortearon unas cajas de piononos, una iniciativa que todos aclamaron.
Gracias a Pepe Morgado y José María Padilla por esta divertida ruta. Los Cahorros fueron todo un espectáculo y un maravilloso descubrimiento.

ARROYO DE GUADALORA. 17 de mayo 2015 (2 crónicas) por Santiago Sanchez

Lunes, 18 de Mayo de 2015

Hemos participado 21 socios/as.
El tiempo fue muy bueno, quizás algo caluroso en las zonas que no cubría el bosque de ribera o la brisa estaba ausente.
La forma de agruparnos ha sido similar a la de otras ocasiones, esto es:
Una parte nos unimos en la Avda. Juan Pablo II, otros se unieron en Lora del Río donde paramos para desayunar, una pareja nos esperaba en el aparcamiento junto al inicio del sendero y por último otros dos socios se incorporaron sobre la marcha.
¿Cómo fue la ruta?
Teniendo en cuenta mi doble condición de coordinador y cronista, pienso mi “jefe” el Rufi, sabia lo que se hacia, ya que no contaría nada malo. Así que trolas no cuelo, pero me aproximo lo que puedo a lo real.
Penetramos al sendero por la cancela que hay próxima a la carretera, y al poco de iniciar este nos encontramos con una cantera abandonada de piedra caliza, que se empleo en su día para hacer la carretera que conduce al embalse de Bembézar.
Siguiendo en sendero, se encuentra un acebuchal, el “el Risco de los Pájaros”, el arroyo circula encajonado con pendientes elevadas, con abundante matorral y masa arbórea, lo que evita en parte la erosión.
Siguiendo caminando, entramos en la zona de mayor interés botánico del parque (alisos, olmos, sauces y fresnos forman el bosque de galería) , en las laderas abundan los madroños, brezos y cascaviejas y algún que otro almez centenario. .
Llegado a este punto, no tanto de “mutu propio” sino a requerimientos de Nela, el Rufi se explayo con sus explicaciones sobre arbustos, plantas y flores – había repartido unos documentos fotocopiados con información sobre el particular-, pasado un tiempo y viendo que la mayoría de los participes habia optado por seguir el sendero, dejamos la clase magistral y nos unimos al grupo de cabeza.
Según se avanza, hay que atravesar el cauce seco y pedregoso – el agua habia desaparecido - , seguimos de nuevo por la senda hasta llegar a la zona donde el arroyo se ensancha y es fácil de cruzar saltando de piedra en piedra o entre los troncos existentes.
Hay abundantes alcornoques a lo largo del recorrido.
Pasamos junto a las ruinas del Cortijo de Torralba y su horno de pan, que varios compañeros aprovechan para hacer la fotografía de recuerdo.
Pasados estos y tras una nueva pausa, hacemos la fotografía del grupo y seguimos subiendo hasta una nueva cancela que cierra la vereda del Arroyo Guadalora.
Ahora se camina entre olivos y frutales de regadío, dejando atrás el bosque mediterráneo que circunda esta zona.
Por último, llegamos a La Fuente del Conejo, donde nos tomamos un pequeño refrigerio. Eran las 12:30 horas, a continuación se desando lo andado ya que esta ruta es lineal.

A las 14:30 horas estábamos de nuevo en el aparcamiento. Algo cansados, pero pienso que contentos de haber finalizado el sendero sin ningún contratiempo.
Aquí cada cual opto por lo que estimo mas conveniente, En nuestro caso un grupito de 11, nos fuimos hasta Hornachuelos y en una tabernita, comimos lo que últimamente se promociona en esta parte de Córdoba, El salmorejo y el flamenquin.
Hasta una nueva salida.
Santiago Sánchez Gomis

¡Como me ha gustado muchísima la ruta he hecho crónica de una participante!

Domingo 17 Mayo 2015: Senderismo. El arroyo de Guadalora MIDE 2-2-2-2 (Coords. Rufino Monrové-Santiago Sánchez Gomis).
Crónica Clare Usher (ayudada por Mª Luisa)
Nos reunimos 21 senderistas, con nuestras hojas de las flores amablemente suministradas por Rufino, preparados para una ruta botánica magistral que iniciamos a las 10:10 de la mañana. Hubo muchas explicaciones por parte del maestro Rufino y la maestra Nela sobre la plétora de flores que vimos al transcurrir la ruta.
El conjunto magníficamente coordinado por Rufino y Santiago (¡salvo en un momento que perdimos a Rufino!).
Una ruta sin dificultad alguna, pero con mucho interés, paseando y cruzado el arroyo, de vez en cuando hasta con un poco de agua. Unas subidas y bajadas suaves. Llegamos a la Fuente del Conejo (seca) donde tomamos un descanso y aprovechamos para comer un poco de fruta antes de iniciar la vuelta. Ahora hace CALOR. Así que volvimos a buen paso y terminamos la ruta sobre las 14,30. Un total de cuatro horas de ruta y menos de 12 kilómetros.
La hora para ir a comer, unos por Hornachuelos, otros por allí, otros por allá. ¡Quiero ver el cuaderno que iba preparando María Luisa con sus flores! A la vuelta de la ruta mi coche una fiesta de olores, entre otros el de la manzanilla amarga.
En ruta vimos e identificamos, entre otras, amapolas, adormideras, espuelas de caballero, hipéricos, manzanilla amarga, estepas blanca (no por la flor que es malva, sino por las hojas), cardos, juncos, lentisco, dientes de león, varios tipos de menta (longifolia, pulegium o poleo) y de hinojo (el auténtico y el falso), etc., etc.

Otra ventaja de hoy es que el sendero está a solo unos 100 kilómetros de casa.
ENHORABUENA y hasta la PRÓXIMA.
C

FIN DE SEMANA EN EL VALLE DEL JERTE por Loly López Guerrero

Viernes, 15 de Mayo de 2015

Día 1 de Mayo 2015

Salimos a las 8 de la mañana y nos detuvimos para desayunar en la venta  24 H. LEO. Había muchísima gente aunque los camareros fueron muy rápidos.

Nos dirigimos a Arroyomolinos de Montánchez para hacer la ruta de los molinos. 7 kilómetros. Dejamos los coches en la Plaza del Ayuntamiento, frente al viejo cinema Molero, y desde allí sale la ruta que está muy bien indicada. A 50 metros tomamos la C/ del Pilar y desembocamos en la Calle Altozano donde hay una fuente. Nos encontramos con una pista cementada que nos acompañó en los primeros molinos de la Garganta. El camino discurre entre parcelas con olivos, higueras, naranjos y otros frutales.

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La pista terminó en el primer molino, cruzamos el arroyo y comenzamos a subir por la margen izquierda. El primer tramo, el de mayor subida de toda la ruta, encontramos la práctica totalidad de los molinos, aproximadamente 14 aunque dicen que habían unos 30, algunos bastante deteriorados, otros en reconstrucción y en el caso del molino más alto, Villa Granada, que está acondicionado como vivienda.

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Los molinos aprovechaban la fuerza del agua de la garganta. Podemos contemplar las curiosas estructuras, las piedras de amolar, acequias, desagües, pozas… cuyos restos aparecen esparcidos a lo largo de nuestro camino. De vez en cuando aparecía el cauce del río cubierto de zarzas y helechos imposibles de vadear. Según vamos subiendo, veíamos Arroyomolinos más pequeño al fondo del valle. El paisaje estaba llenos de flores y las cámaras y móviles no paraban de inmortalizar los momentos vividos.

Una vez arriba llegamos a una zona de falso llaneo con olivares y vallas muy bonitas de granito. Vimos los fantásticos dinteles de piedra colocados en las puertas de las fincas. Nos paramos en el arroyo para hacernos algunas fotos y pasamos cerca del molino Villa Granada cubierto de flores.

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Un grupo se paró a almorzar en plena naturaleza, otro grupo se marchó a Montánchez ya que estábamos muy cerca. Disfrutamos de la vista que nos proporcionaba el Castillo. Nos quedamos en un bar y almorzamos.

Este Castillo tiene sus orígenes en la época romana, aunque quedan muy pocos restos de entonces. Cuando se levantó la construcción fue en el siglo XII, con la ocupación Almohade, aunque de esta época sólo se conservan tres aljibes y parte de su trazado. Cuando fue reconquistado por los cristianos, fue administrado por la orden de Santiago. Data de ese tiempo el levantamiento de las distintas murallas que protegen la fortificación. En el siglo XVII, dentro del Castillo, se edificó la ermita de la Consolación.

En Montánchez nos esperaba Beatriz. Llevó a los conductores a Arroyomolinos y cuando volvieron un grupo se fue a tomar café a Plasencia y otro nos fuimos a Tornos en busca del Albergue.

Alberjerte está en el centro del pueblo. Es un albergue moderno, limpio y bien acondicionado.

La cena nos la sirvieron a las 9,15 y luego nos reunimos en la segunda planta para tomarnos unos chupitos. Desde la terraza se ven los pueblos de la Sierra iluminados, incluso Plasencia.

Día 2 de Mayo

A las 8.30 desayunamos y esperamos a que llegaran los guías del albergue Pedro y Pablo.

Nos dirigimos a Tornavacas para hacer la ruta de Carlos V. Dejaron una furgoneta en el camping de la garganta de los infiernos y seguimos a Tornavacas.

Un poco de historia.

Cuando el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, decide pasar los últimos años de su vida en el monasterio de Yuste, cobró Tornavacas una gran importancia porque estaba en el camino que desde el puerto cántabro de Laredo, donde había desembarcado con un numeroso séquito, le llevó, tras dos meses de ruta con varias paradas en las ciudades por las que iba pasando llegó a Tornavacas. Era ya el mes de noviembre, siendo esta la última parada antes de llegar a Jarandilla. En Tornavacas estuvo cuatro días. Como el Emperador tenía deseos de llegar pronto a Jarandilla decidió hacer el recorrido más corto entre Tornavacas y Jarandilla en lugar de hacer la ruta prevista que le llevaría por Plasencia. Debido a su delicado estado de salud, y lo abrupto del camino, el monarca fue llevado en silla de manos y en ocasiones a cuestas de una cuadrilla de hombres naturales de Tornavacas, buenos conocedores del camino y acostumbrados a recorrer estos senderos escarpados a través de lo que ahora se conoce como Puerto de las Yeguas, que une las comarcas del Jerte y de la Vera. También construyeron el llamado “Puente Cimero”, para cruzar el río Jerte y el de la gargantilla de “El Cubo”

Tornavacas se siente muy orgullosa de haber tenido entre ellos al Emperador. Su escudo, fue modificado entonces añadiendo un “odre” en recuerdo del regalo que el emperador hizo a los mozos que le llevaron consistente en un odre de vino del que traía de Bruselas ya que quiso recompensarles con dinero y ellos no aceptaron pues sirvieron con gusto a su rey.

Iniciamos el recorrido en la plaza de Tornavacas, siguiendo la señalización, en dirección a la ermita del Cristo del Humilladero. Coordinador delantero Pedro y coordinador trasero Pablo.

En Tornavacas había mucha gente ya que estaban celebrando las cruces de mayo.

Al principio fuimos por una senda y más tarde por pistas forestales, con tramos de cemento entre prados y huertas con bancales cuyas paredes están llenas de hiedras, madreselvas y rabiacanes (lúpulos), donde se pueden ver revolotear diferentes clases de pájaros. Las fincas de labranza están llenas de diferentes frutales destacando cerezos, perales e higueras, también abundan los robles y castaños. A la vista del paisaje de montaña destacan La Hoya de la Nijarra refluyendo hacia la garganta de los Papúos, Majada Reina, Collado de la Cerrada, Garganta de Majacerezo, Llanomínguez, el Tejadillo, el Torreón, el Canchal del Turmal. La ruta sigue y se llega a cruzar a la izquierda del incipiente río Jerte.

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La ruta sigue y se introduce en el término municipal de Jerte por el bosque conocido como El Reboldo, que está lleno de castaños de explotación maderera que ocupa la ladera de la umbría del Jerte, limita por arriba con la Cuadra de los Lobos, llegando hasta el campamento del Emperador Carlos V y la zona baja de la Garganta del Infierno. Entre las plantas más significativas que se hallan en este tramo del camino podemos ver el brusco, la melisa, el brezo, la hierba carmín y arbustos de acebo. Hay una gran cantidad de aves rapaces como águilas el azor o el gavilán y pájaros como tórtolas, arrendajos, pinzones, currucas, etc.

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Tras cruzar el castañar “reboldo”, se comienza el descenso que lleva hasta el Puente de Carlos V (Puente Nuevo). El Puente Nuevo es un elemento arquitectónico enormemente sugerente. Aquí nos detuvimos para almorzar y para hacernos unas fotos.

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El grupo se dividió. Unos fueron con Pedro por la parte de arriba y otros con Pablo por la parte baja. Más tarde nos encontraríamos en Los Pilones o en el Camping.

El camino empedrado pasa el puente y, ya en la otra orilla, se eleva hacia la derecha en dirección sur. Nosotros seguimos hacia abajo con la garganta a nuestra derecha.

Llegamos a una zona donde había que cruzar el río y lo hicimos con el agua a media pierna. Este cruce resulta peligroso ya que las piedras resbalaban, hubo más de una caída y Clara perdió su bastón nuevo.

No sé por qué no ponen un puente en esta zona ya que son muchas las personas que lo cruzan.

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Poco a poco llegamos a los pilones y disfrutar de las vistas de la Garganta del Infierno. La curiosa formación de grandes pozas, marmitas o pilones de distintos tamaños, creados por las fuerzas erosivas del agua en la dura roca de granito. Bajamos por unas escalinatas cinceladas en la roca que aseguradas con un cable de acero, nos permitió caminar por el estrecho sendero disfrutando desde la altura de tan singular paraje. Nos detuvimos junto al gran pilón. Cruzaremos el puente y nos agrupamos con los compañeros. Después nos marchamos al Centro de interpretación de la reserva natural “Garganta de los Infiernos”, situado entre las localidades de Jerte y Cabezuela del Valle.

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Este tramo fue el más largo que se me hizo ya que fueron 3 kilómetros por una pista donde había mucha gente, coches y caballos. Al llegar al bar del camping nos encontramos con el otro grupo.

Los conductores se marcharon por los coches y regresamos a Tornos al albergue.

Después de una buena ducha y descansar un poco nos fuimos a cenar. Luego a tomarnos unos chupitos.

Día 3 de Mayo

Hoy ha amanecido con lluvia, así que hemos decidido no hacer la ruta programada ya que resulta peligroso andar por las piedras mojadas.

Después de desayunar se formaron varios grupos. Nosotros nos dirigimos al Piornal.

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La cascada del Caozo, se encuentra en el término municipal de Piornal, sobre la garganta Bonal. La cascada del Caozo es una de las más bellas de la comarca del Valle del Jerte. Es un espectacular salto de agua que realiza la naturaleza con un sonido relajante e inconfundible para el espíritu. Al igual que todas las demás zonas de agua, el entorno está cubierta por una vegetación muy compacta y exuberante. Han puesto una pasarela para poder contemplarla de cerca. He oído que están muy disgustados con ella y hay firmas para que la retiren.

Después nos dirigimos a Garganta de la Olla. La carreta del Piornal no está muy buena, es estrecha y tiene algún que otro bache. Entramos en la comarca de La Vera desde el pueblo de Piornal, el más alto de Extremadura dicen y razón no falta, desde allí cogimos una carretera sinuosa que se adentraba en la espesura de un bosque muy tupido y cruzamos la montaña que separa el Valle del Jerte con La Vera, una carretera comarcal de un carril que si no recuerdo mal era la CV-561, una peligrosa carretera con mucha falta de mantenimiento pero de una gran belleza natural, la carretera tras un trazado de curvas cerradas nos condujo hasta Garganta de la Olla, una maravilla de pueblo en La Vera. En Garganta de la Olla había muchísima gente y nos pudimos aparcar así que nos dirigimos dirección a Yuste para ver su cascada.

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Dicha carretera comarcal recorre varias gargantas que por las fechas en las que estábamos tras la lluvia y el deshielo bajaban cargadas de agua, concretamente pasamos por el Arroyo del Casarejo, la Garganta Comenera, la Garganta Piornala Menor y el Arroyo de Majalebrera, el agua de estas gargantas confluyen en Garganta de la Olla, formando la Garganta Mayor, muy conocida en la zona por las piscinas naturales y saltos de agua que hay en su trazado.

En un recodo que hace la carretera había un apartadero donde dejamos los vehículos, nos acercamos a ver la Cascada del Arroyo de Majalebrera, un pequeño salto de agua de unos 4 metros de gran belleza natural, dicho arroyo discurre cruzando la carretera varias veces proporcionando otros saltos de agua muy bellos, además desde Garganta de la Olla sale un sendero que remonta el arroyo, una interesante ruta para hacer con tiempo del que nosotros no disponíamos. Pero sí hicimos una pequeña ruta hasta la cima de la cascada. Luego nos fuimos a tomar una copa al bar que allí había.

Desde allí nos marchamos a Jaraíz de la Vera. Compramos pimentón y otras cosas. Rafael compró cerveza de cerezas y de bellotas, ¡A ver cómo está cuando las abra! Almorzamos y luego nos dirigimos a Dos Hermanas.

Hemos pasado un bonito puente de Mayo. Disfrutando de bellos paisajes y de una agradable compañía. Gracias a los coordinadores y a todas las personas que han participado en este viaje.

Loly López Guerrero

GRAZALEMA-BENAOCAZ por la Casa del Dornajo por Mercedes Ruiz

Viernes, 8 de Mayo de 2015

Lineal. 10,2 kilómetros recorridos en 4.30 horas. M.I.D.E.: 2-2-3-3.
Coordinadores: Alfonso Piñero y José Antonio Conejo.
Crónica: Mercedes Ruiz.
Fotos: José López, José Morgado, Alfonso Piñero y Paco Caro.

El domingo 3 de mayo, día de las madres, a las 8.15 de la mañana, nos citamos 19 participantes en la rotonda Juan Pablo II para hacer una bonita ruta por la Sierra de Grazalema. Me voy familiarizando con dicha sierra que, a pesar de su aspecto agreste, encierra una gran belleza por su variedad de paisajes, de fauna y de flora.

Desde Dos Hermanas tomamos la carretera A-375 hasta Puerto Serrano, luego la A-384 hasta Villamartín y la A-373 hasta El Bosque donde desayunamos en la venta Julián algunos y otros en el bar de la Estación de Autobuses. Desde El Bosque hasta Grazalema cogimos la A-372, una carretera con muchas curvas y vertiginosos desfiladeros.

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Una vez en Grazalema, aparcamos los coches en la plazoleta con mirador de la villa, desde donde iniciamos una subida por una zona bastante abrupta hasta el llano del Endrinal.

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Ascendimos por una cañada paralela a la ladera del Peñón Grande. Junto a la Era del Trillo o Era de Pulío, Serafín, uno de mis compañeros, me estuvo explicando cómo se trillaba el trigo para separar el grano de la espiga, un trabajo artesanal que realizó cuando era joven. Las eras se construían en zonas ventosas para lanzar la espiga al aire y que saliera fuera de la era y no estorbara.

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Continuamos nuestro caminar y seguimos subiendo por la Cañada de Las Presillas hacia el puerto del mismo nombre. Una vez allí, fuimos en dirección a la Casa del Dornajo por la ladera de los Navazuelos Fríos. El paisaje, aquí, cambia y los espacios abiertos nos permiten ver zonas de matorrales y arbustivas (aulaga morisca con su característica flor amarilla y aulaga almohadillada o cojín de monja con su flor azul-violeta). En la Casa del Dornajo hicimos una parada para reagruparnos y tomar un tentempié.

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Observé cómo se estaba desmoronando la edificación y al llegar a casa, sentí la necesidad de saber más acerca de la rehabilitación de las construcciones de la zona. Desde 2011 a 2012, se ha efectuado un plan de recuperación, con una inversión de 300.000 euros a cargo de la Junta de Andalucía y del Ministerio de Medio Ambiente, y que ha consistido en la recuperación de elementos etnológicos, en la revalorización y mejora de una serie de estructuras como manantiales, pozo, abrevaderos, o elementos ligados a la ganadería, principalmente, cercados de piedra y corrales, además de otros de usos tradicionales, entre ellos los pozos de nieve y las caleras. Se ve que la Casa del Dornajo no ha entrado en ese plan de recuperación. El abandono de este tipo de construcciones se debe a su falta de funcionalidad ante nuevas necesidades técnicas y materiales. ¡Nos urge mantener este patrimonio que nos habla de la forma de vida de nuestros antepasados!

En el último tramo de nuestra ruta, el sendero está señalizado por marcas azules sobre las piedras. Llegamos a la Fuente de las Tres Piletas que sirve de abrevadero para los animales o de depósito de regadío de los huertos. Las cuatro fuentes de Benaocaz, entre ellas Las Piletas, han sido rehabilitadas en el año 2011, mejorando el acceso y creando áreas de descanso.

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A pocos kilómetros de llegar a nuestra meta y tras cruzar el arroyo Pajaruco, un grupo decidimos tomarnos el bocadillo al pie de un árbol. Atraído por el olor a comida, un burro pretendía arrebatarme de las manos mi almuerzo. Fue una anécdota divertida, aunque solo para los demás.

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Tras este suceso, continuamos nuestro caminar hasta Benaocaz, lugar donde tomamos el autobús de línea que nos llevó de vuelta a Grazalema.

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Después de tan bella ruta, Alfonso y Lola nos obsequiaron con dos deliciosos bizcochos de melocotón y de almendras y cidra. Celebramos el cumpleaños de nuestro coordinador, Alfonso, entre charlas, risas y buen humor. Y, como broche de oro, no podía faltar comprar un suculento queso payoyo, hecho con leche de cabras y de ovejas autóctonas y que en estos últimos años ha obtenido gran relevancia a nivel mundial. ¡Todo un placer para los paladares más selectos!