Archivo de Noviembre de 2015

FIN DE SEMANA EN NERJA por Lorenzo Cabezuelo

Domingo, 29 de Noviembre de 2015

El fin de semana del 21 y 22 de noviembre, como estaba programado en las actividades, un grupo de Señal y Camino viajamos a Nerja para hacer un par de rutas coordinadas por Rosa Muñoz y Antonio Bueno: la subida al pico del Cielo en la sierra de la Almijara, el sábado; y el domingo un sendero por los acantilados de Maro, corto pero con preciosas vistas de la costa malagueña y granadina. La gente fue apuntándose poco a poco, y hasta el último momento, pero finalmente nos reunimos un considerable grupo de dieciséis montañeros. La representación femenina, como ocurre últimamente en las rutas de montaña, fue nutrida, selecta y poderosa, en orden alfabético: Ana Mari, Carmina, Concha, Lola, Marivalme, Pepi, Rosa, Tina y Toñi. Junto a ellas: Antonio, Jesús, Juan, Pepe López, Pepe Martínez, Vicente y yo.
Aunque oficialmente la actividad comenzaba el sábado, los que pudimos nos fuimos el viernes, para evitar el madrugón y disfrutar de los encantos que ofrece esta bella población. Nerja, situada en el extremo oriental de la provincia, lindando ya con Granada, es uno de los focos turísticos pioneros de la costa malagueña. En la década de 1950 se descubren sus famosas cuevas, con restos arqueológicos y pinturas rupestres que podrían remontarse cuarenta mil años atrás. Su apertura en 1960 atrajo muchos visitantes de todos sitios, que tuvieron la ocasión de apreciar la belleza de sus playas y paisajes y la bondad de su clima durante todo el año. Desde entonces, el turismo, sobre todo de fuera, constituye su principal industria, actualmente más de un tercio de sus veintitantos mil habitantes son extranjeros, principalmente ingleses, a los que debe parecerles un auténtico paraíso.
Hacia las ocho y media de la noche ya estábamos en el hostal, y tardamos poco en soltar el equipaje (como siempre excesivo) para entregarnos con entusiasmo a las actividades apropiadas al momento: paseo, cerveza, pescaito frito y buena conversación, para qué más.
El sábado, después del desayuno, nos dirigimos al aparcamiento de las cuevas, cerca de Maro, donde habíamos quedado con el resto del grupo que venía directamente desde Sevilla. Una vez reunidos, subimos con los coches por el carril que sale hacia el norte. A unos tres kilómetros el carril se bifurca, a la izquierda, la Vereda de las Minas continúa hacia el área recreativa del Pinarillo, y a la derecha, el Camino de la Cuesta del Cielo con un cartel de la Junta de Andalucía que indica: Sendero Pico del Cielo. Este es el punto donde tenemos que dejar los vehículos y comenzar a caminar, que es a lo que hemos venido.
A las diez y veinticinco emprendemos la marcha, partimos de 330 msnm y vamos subiendo por la pista entre un pinar de repoblación y el típico matorral mediterráneo: romero, tomillo, menta-poleo, aulaga, tojo, lentisco… La cima del Cielo permanece a la vista casi todo el trayecto. El tiempo es bueno, el cielo con algunas nubecillas y un poco neblinoso, pero en general despejado; la temperatura agradable, tras los primeros repechos empieza a sobrar ropa; el viento no nos llama la atención especialmente, creo recordar que soplaba alguna brisa, pero nada más, nada hacía presagiar que se fuera a convertir en protagonista principal. Vamos tomando algún que otro atajo bien señalizado que recorta las amplias curvas zigzagueantes de la pista, y los más atrevidos (o menos sensatos), alguna empinada trocha sin señalizar, y vamos ganando altura a buen ritmo. Al llegar al collado Romero nos desviamos unos metros para subir a un cerro, de cota 599, desde donde tenemos ya impresionantes vistas del mar Mediterráneo, la costa, la sierra de la Almijara con el Navachica, el Almendrón, el Lucero, más allá la Maroma… Y aquí cerca una crestita con una pinta estupenda, pero hoy no es el día para eso.
Al retornar a la pista, justo enfrente sale un sendero que discurre a media ladera por el barranco del arroyo del Romero, y lo seguimos un poco. Es posible que vaya ascendiendo y cruce el barranco en la cabecera, hacia el Cerro Molinero (1106m), y desde allí suba hasta el pico del Cielo por la cuerda. Pero no nos convence la dirección que toma y decidimos volver y seguir por la pista hacia la Sibila, que es más seguro. Bajamos un poco y cruzamos el arroyo del Romero cerca de la desembocadura del de la Sibila. Desde aquí podemos ver los dos barrancos: el sendero que hemos dejado, si se dirige hacia el Cielo, tiene que ser por una ruta diferente, mucho más arriba.
Cuando llegamos al Cortijo de la Sibila (o Civila, como dicen otros), a 760 msnm, son las 11:40, llevamos una hora y cuarto de marcha y hemos ascendido 430 metros, un ritmo bastante aceptable. Paramos un momento para echar un trago, comer alguna fruta y demás. Que yo recuerde, hasta ahora, aunque el viento había aumentado algo, todavía no suponía ninguna dificultad significativa. Pero a partir de aquí, a medida que el día avanzaba e íbamos ganando altura, por uno u otro motivo, o por los dos, lo cierto es que el viento se fue intensificando hasta llegar a hacerse insoportable. Soplaba de poniente, racheado, de manera que tan pronto nos empujaba con fuerza como nos dejaba de empujar. Cuando uno echaba el paso dirigiendo el pie hacia un punto determinado, una fuerte racha de viento lo hacía tambalearse, apoyándolo doblado y sin control en cualquier otro lugar irregular, con el consiguiente desgaste físico y riesgo de caída o de lesión. De hecho, más de una caída hubo, afortunadamente sin consecuencias, y una intensa lumbalgia que mejoró milagrosamente gracias a un parche de diclofenaco que llevaba Tina. Avanzábamos como podíamos en el vendaval, dando camballadas como un grupo de borrachos, deteniéndonos un instante cuando las rachas arreciaban, agachados para mostrar menor superficie al viento, con los pelos tiesos como erizos (el que los tuviera). Debíamos de dar una imagen grotesca, si hubiera habido alguien capaz de apreciarla en medio del huracán. A la adversa meteorología se sumaba la dureza física de la ruta, 1300 metros de desnivel en apenas siete kilómetros. En el último tramo de subida, el más empinado, ya con la cruz que corona la cima a la vista, hubo algún ataque de pánico que casi frustra la llegada del grupo completo a la cumbre, pero dándonos ánimos unos a otros finalmente todos logramos vencer las inclemencias y ganar la cima.
A pesar de tantas vicisitudes, a las 14:15 los dieciséis estábamos a las puertas del Cielo, y por suerte para algunos, San Pedro no estaba de portero. La sesión fotográfica en el vértice y en la cruz que hay junto a él (desprovista ya de casi todos los espejos que antaño la recubrían) fue breve, dadas las condiciones, aunque curiosamente el viento era algo menor aquí arriba, sobre todo cuando descendimos unos metros hacia el otro lado y nos refugiamos, agachados, en una especie de trinchera de piedras hecha, sin duda, a tal efecto. Pero no mostraba signo alguno de amainar así que, como la hora era propicia y el estómago no entiende de me-teorología, decidimos comer aquí mismo, con el mediterráneo de fondo, y las sierras de Teje-da, Alhama y Almijara y todas las demás en lontananza. La verdad es que aplastados contra el suelo, intentando comer la empanada o el bocata sin que el viento nos lo arrancara de las manos, las vistas pasaban a segundo plano. Y hacia el oeste, el Almendrón aparecía ya cubierto por oscuros nubarrones cargados de agua que el viento arrastraba hasta aquí pulverizada en finísimas gotas. La sensación no era agradable, porque siempre queda la duda de la procedencia de ese líquido sutilísimo, casi imperceptible, golpeándonos la cara: con este viento, sabe Dios a dónde podría llegar cualquier salpicadura al abrir una lata o cualquier efluvio de origen incierto. Y uno mira a su alrededor y se pone en lo peor. Pero por la extensión y permanencia del fenómeno, todo parecía indicar que era de origen meteorológico.
Poco se alargó la comida, y menos aún la sobremesa, antes de las tres menos cuarto los más impacientes comenzaron a bajar por el mismo camino. O casi, porque con las prisas y el fuerte viento que no dejaba ver, ni pensar, ni nada, la cabeza del grupo se desvió un trecho siguiendo una senda bien marcada que descendía en dirección suroeste, como hacia el Cerro Molinero. Probablemente, de haber seguido por aquí hubiéramos salido al collado Romero por el sendero que desechamos esta mañana, pero no estaba el tiempo para experimentos así que, advertido el error rápidamente por los expertos e intuitivos montañeros del grupo, retornamos enseguida al camino que traíamos en la subida. La marcha seguía siendo casi imposible, tambaleante, atáxica por las fuertes rachas que no cesaban de zamarrearnos, llegando a derribar a alguno. Las finísimas gotas seguían golpeándonos el rostro de cuando en cuando –a veces pinchaban como minúsculos cristalitos de hielo– y a lo lejos veíamos las nubes medrar y oscurecerse, amenazando lluvia en unas horas. Según comprobé luego, AEMET registró rachas de 71 Km/h en el observatorio de Motril –no sé qué velocidad habrá podido alcanzar el viento aquí arriba, pero tengo claro cuál es la mejor manera de describirlo: un viento de cojones–. Como puede comprenderse, en estas condiciones la conversación se dificulta, pero aun así, el buen humor no disminuyó, ni las bromas: ¡qué buen día de campo estamos echando!; y todavía algunos se quejan de esta ligera brisilla, ¡qué delicados!
De vuelta en la Sibila, el viento aún soplaba, pero ya era otra cosa. Una breve parada técnica, alguna naranja o unas avellanitas y a seguir pista abajo. A medida que descendíamos y la tarde se iba echando, por uno u otro motivo, o por los dos, el viento casi desapareció, y el día parecía otro, ¡qué alivio! Las mujeres tomaron la cabeza e impusieron un ritmo frenético, en la marcha y en la conversación. Y atajando, como hicimos en la subida, caminando y conversando, cuando nos vinimos a dar cuenta teníamos los coches a la vista. Casi siete horas y media de ruta, muy dura, sobre todo por el viento.
A la vuelta paramos en un bar junto al aparcamiento de las cuevas para reponer líquidos y comentar la jornada. Cinco componentes del grupo nos abandonan, se vuelven directamente: Ana Mari y Jesús, y Tina, Pepe y Vicente. Una pena, y una paliza para ellos, pero mañana tienen que estar en Sevilla, los echaremos de menos.
El resto del grupo volvemos a Nerja, una ducha reconfortante y una cena –hoy sí– como Dios manda, nos dejan como nuevos. Cómodamente sentados en el restaurante, en tan buena compañía y agradable conversación, la comida es reposada y no hay prisa en levantarse. Des-pués, algunos se van directamente a la cama (los detalles de alcoba están censurados) y otros, antes de eso, dan un paseo por el pueblo para estirar las piernas y tomar algunas fotografías nocturnas en el Balcón de Europa, Playa de la Caletilla y aledaños.
El domingo por la mañana, los más madrugadores van a ver amanecer desde el Balcón de Europa antes del desayuno, el resto preferimos apurar las sábanas. El día amanece perfecto, un poco de fresco pero lejos de las previsiones meteorológicos que pronosticaban 3 grados de mínima (que para un clima subtropical como este es poquísimo). Desde la puerta del hostal se ve el pico del Cielo perfectamente y nos preguntábamos si sería visible la cruz o estaría tapada. A simple vista no se ve ni rastro, claro, pero con el zoom a tope, Juan consigue fotografiarla. Después de desayunar nos dirigimos hacia los acantilados de Maro por la N-340 (se puede tomar la autovía A7, pero después hay que volver hacia atrás y no interesa). Hay que pasar la población de Maro y en una rotonda tomar la salida que indica Playa del Cañuelo. A pocos metros hay un aparcamiento donde dejamos los vehículos.
Comenzamos a bajar por la pista hasta la playa, el día está espléndido y dan ganas de bañarse. El agua en estas playas de guijarros o arena gorda es muy transparente, porque no se levantan los fondos, y con las algas y la luz incidente toma colores asombrosos. Vamos paseando tranquilamente, conversando, disfrutando del clima y del paisaje, y nos entretenemos en la playa subiendo por las rocas y asomándonos a las calas. Desde la playa del Cañuelo hay que subir por un sendero empinado hacia el Peñón del Fraile. Nos vamos asomando a cada saliente para disfrutar de las vistas, luego retornamos al camino para seguir adelante. El siguiente hito es la Torre de la Caleta, una antigua torre vigía restaurada de las que hay tantas por aquí. Volvemos unos metros sobre nuestros pasos y continuamos. Desde nuestra posición se ve la ladera de Cerro Gordo plagada de chalets privilegiados con magníficas vistas al Mediterráneo, y un carril asfaltado que baja hasta la playa de Cantarriján a la que nos dirigimos. Ya cerca de la playa nos metemos en el cauce del arroyo del mismo nombre, una ancha rambla con grandes piedras que marca el límite entre las provincias de Málaga y Granada. Un pino caído cruza el arroyo a modo de puente, a pesar de su horizontalidad está vivo y bien enraizado y frondosa su copa, no podemos resistir la tentación de montarnos sobre él.
Cuando llegamos a la playa son cerca de las dos, una hora apropiada para tomar unas cervezas, descansar un poco y comentar las incidencias de la ruta, cosa que hacemos en el restaurante La Barraca, donde los ingleses toman el sol alucinando con el clima y el paisaje.
Ya solo queda regresar a los coches remontando el cauce del arroyo de Cantarriján. Donde podemos vamos tomando pequeños senderos que discurren paralelos al arroyo, más cómodos para andar que el lecho pedregoso, pero en otros tramos no hay más remedio que meternos en él. Más arriba, cuando lo abandonamos definitivamente, ya con el lugar donde dejamos los vehículos a la vista, Rosa encuentra algunas setas: un níscalo grande, un par de boletus y alguna otra, pero después de tanto tiempo sin llover había muy pocas. Y por fin, hacia las tres menos veinte estábamos descalzándonos las botas, cuatro horas de divertida ruta por estos bellos parajes marineros.
Un fin de semana extraordinario, con dos magníficas rutas; lo mejor de todo, por supuesto, la compañía: inmejorable.

Los Castañares de Constantina

Martes, 17 de Noviembre de 2015

LOS CASTAÑARES DE CONSTANTINA   (P.N.S.NORTE)   MIDE  1-2-2-2   11 kilómetros. Coord.Juan Antonio Diaz y Loli Pavon.

Este domingo 15 de noviembre un grupo de 37 personas hemos ido a hacer la ruta de Los Castañares de Constantina. Salimos a las 8 de la mañana desde la Avda. Juan Pablo II y desayunamos en Lora del Río, donde degustamos sus famosos churros.

Llegamos a Constantina a la zona del recinto ferial, allí dejamos los coches y después de guardar un minuto de silencio por las víctimas del atentado en Francia.
Comenzamos el recorrido entre viejas paredes de piedra, que era la manera antigua de delimitar la propiedad de las fincas, y rodeados por abundante vegetación entre la que predominan olmos y almeces, cuyas copas se entrelazan a un lado y otro del camino proporcionándonos cobijo. Arriba a nuestra izquierda podemos divisar una singular construcción llamada “La Carlina”. Continuamos camino entre muros y vallas, a través de ellos podemos observar a nuestra izquierda un joven castañar y a la derecha un olivar. Más adelante y a la izquierda sale el camino de la finca Las Erillas, proseguimos sin abandonar el camino principal y poco a poco vemos como la vegetación va cubriendo el camino formando una galería sobre el mismo.

En este tramo de singular belleza por lo encajonado y sombrío de su recorrido podemos observar magníficos ejemplares de robles rebollos y quejigos. El rebollo o melojo es cada vez más escaso en nuestra sierra y está declarado como especie protegida con la categoría de vulnerable. Se reconoce fácilmente gracias a sus hojas grandes con el borde profundamente. En esta zona nos hicimos fotos ya que el paisaje nos invitaba a detenernos.

Los rebollos acompañados de ejemplares de olmos, almeces, castaños y matorral noble compuesto principalmente por durillo, majuelo, madroño, rusco, diferentes tipos de jara, madreselva y rosal silvestre, proporcionan sombra y belleza al recorrido, constituyendo también el sustento y refugio de las numerosas especies de pájaros que podemos observar en nuestro paseo.
Tras dejar atrás la entrada a la finca Erilla alta y un joven castañar, recorremos una parte del camino encajonada en un talud. Ahora el camino avanza a través de un olivar, donde podremos apreciar las diferencias entre los suelos del olivar y del castañar, hasta adentrase en una zona sombría, donde destacamos la presencia de quejigos y alcornoques. Según avanzamos podemos observar como la presencia de castaños se hace cada vez más notable y poco a poco nos adentramos en el castañar.

El castaño puede llegar a ser un árbol muy corpulento de hoja caduca, con copa amplia y redondeada, que puede alcanzar hasta los 30 m. de altura. Si en primavera es bonita esta ruta en otoño es un espectáculo de colores amarillos y marrones. Luego nos marchamos al Jardín Botánico el Robledo donde nos pusieron un audio visual e hicimos una visita por el jardín. Allí hay una zona para comer pero como cerraban a las dos nos marchamos y almorzamos en los distintos bares del recinto ferial. Luego nos dirigimos a Lora del Río y compramos pasteles.

Una ruta tranquila para disfrutar del paisaje y de la charla con los compañer@s.

Loly López Guerrero.

GALAROZA-VALDELARCO POR EL PUERTO DE LAS SENADILLAS por Mercedes Ruiz

Lunes, 9 de Noviembre de 2015

Distancia: 10,5 km. MIDE: 1-2-2-2.
Coordinadores: Alfonso Piñero y Pepe López.
Fotos de Pepe López.
Crónica de Mercedes Ruiz.

El domingo 11 de octubre nos reunimos 21 socios para hacer una ruta por el Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, un lugar que a menudo visitamos y que siempre me deja con buenas sensaciones. En otoño, caminar por senderos rodeados de castaños de colores cambiantes y de abundantes frutos es un gozo para los sentidos y siempre estimulan mis ánimos. La ruta que hoy nos ocupa, entre Galaroza y Valdelarco, nos muestra un paisaje con sauces y helechos en las zonas más bajas y bosques con plantas trepadoras, zarzas, árboles de gran porte como chopos, fresnos, sauces, alisos, en zonas más altas.

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Parte del grupo nos citamos a las 8:30, en Dos Hermanas, mientras que los socios que viven en Sevilla quedan en Itálica. Después de completar los coches, salimos en dirección al puente del Quinto Centenario y tomamos la A-66 hacia Mérida. Tenemos que estar muy pendientes para no pasarnos la señal que nos desvía a la derecha hacia Aracena porque la niebla se hace cada vez más densa. El buen ánimo reina entre los ocupantes del coche y pronto llegamos a la estación de autobuses de Aracena donde tomamos un desayuno copioso con tostadas de aceite y jamón.

Iniciamos la ruta en Galaroza donde aparcamos los coches. Una fina lluvia nos da la bienvenida y sacamos de los maleteros el material para hacer frente a lo que se avecina. Miro al cielo, unos nubarrones oscuros amenazan nuestras cabezas, pero ampliando el ángulo de visión, puedo ver numerosos claros en dirección a donde nos dirigimos. Unos aldeanos, a nuestro paso, nos interpelan avisándonos de lo que nos espera. Puede parecer temeridad, pero yo lo veo como un desafío. No es la primera ni la última vez que iniciamos una ruta con lluvia y a veces, uno necesita ponerse a prueba.

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Salimos de Galaroza por la avenida de los Carpinteros. Subimos la cuesta de la Era que es ahora un jardín público y tomamos la calle Alta hasta llegar a un cruce que se bifurca en dos direcciones, a la derecha el Camino de las Dehesas, a la izquierda el de Valdelarco. Desde arriba, se ve el pueblo envuelto en una neblina, una estampa que se instala en mi memoria. La lluvia cesa y ahora que estamos subiendo una pendiente, me va sobrando ropa que me quito. Tomamos el camino de Valdelarco tallado en la roca y bajamos al arroyo del Ingenio o del Valle del Águila. Aquí, el verdor de la vegetación impresiona y los árboles desprenden minúsculas gotas de lluvia que salpican nuestros impermeables. Sale el sol y se refleja en las copas de los chopos que parecen barnizados. Subimos y abandonamos el camino de Valdelarco para tomar una pista que nos lleva al Puerto de las Senadillas. Nos acompañan dos parejas nuevas y, a uno de ellos, le cuesta seguir el ritmo en las subidas. Esa circunstancia nos obliga a ir un poco más despacio. A partir de ahí, el sendero penetra en una vaguada hasta desembocar en un cruce donde optamos por seguir la pista de la izquierda que va en dirección a Puerto Lanchar. Un chirimiri cae de forma intermitente y todavía no ha conseguido traspasar mi chubasquero. Bajamos por un sendero hasta una vereda que nos lleva a Valdelarco. Es cerca de la una y los coordinadores deciden hacer una pausa. Nos tomamos unas cervezas en un bar del pueblo y charlamos un rato.

Pronto, nos ponemos en movimiento y ascendemos al mirador. Desde allí, disfrutamos de una magnífica vista de los tejados de las casas y de la sierra a lo lejos coronada por un cielo encapotado. Al bajar, exploramos un camino nuevo por una vaguada. Los lugareños nos avisan que por allí solo hay perros y alambradas, pero queremos comprobarlo por nosotros mismos. La bajada es complicada y debido a lo resbaladizo del terreno, tengo que prestar mucha atención por donde piso. Al final, encontramos una zanja con zarzas que nos impide llegar a la carretera y nos volvemos a Valdelarco. Tomamos el camino de siempre por la entrada sur al pueblo e iniciamos un ascenso bastante abrupto por una carretera asfaltada. Al principio, nos mantenemos en fila india en el lado izquierdo de la carretera y luego, el grupo se va estirando, cada uno marcándose su propio ritmo. Al llegar al cruce con la carretera que lleva a la entrada alta, esperamos a los rezagados.

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Minutos más tarde, vamos trepando hasta un bosque de pinos donde buscamos un lugar para comer tranquilos, sin conseguirlo porque la lluvia se ha hecho más protagonista que nunca. Sentada sobre un tronco húmedo, saco mi bocadillo que poco a poco se va empapando. Un cuarto de hora más tarde, sin ni siquiera haber tomado fruta, nos ponemos en marcha. La lluvia nos marca el ritmo. Cambio mi chubasquero por otro seco y sigo adelante. Cruzamos el lecho de un arroyo hasta enlazar con el cruce donde a la ida nos desviamos en la pista en dirección contraria. Caminamos de nuevo por el tramo excavado en la roca y bajamos por la cuesta de la Era hasta llegar a Galaroza.

Del maletero del coche, rescato mis zapatillas de deporte y me cambio de calzado. Me despido de los dos matrimonios nuevos que prefieren ir a visitar Fuenteheridos y me reúno con mis compañeros para tomar un café en un bar cercano. El camarero, algo nervioso por verse desbordado, derrama el café caliente sobre mis pantalones y salpica a una compañera. No pasa nada, ¡ya estaba mojada! Y entre risas y anécdotas acabamos este singular día de ruta, queriendo volver pronto a recorrer la sierra de Aracena, siempre tan cautivadora.

RUTA DEL AGUA (Guillena) por Curro Caro

Lunes, 9 de Noviembre de 2015

Distancia 12 kilómetros. Ruta circular. Mide 1-1-2-2.
Coordinadores: María Luisa y Gregorio Corral.
Crónica de Curro Caro.

La ruta del Agua es una auténtica aventura natural por las primeras estribaciones de Sierra Morena y para mí, no estuvo exenta de aventura que narraré más adelante. Consta de un recorrido de 68 kiómetros que comienza en el Monte Carambolo, situado en la comarca del Aljarafe, y finaliza en los Lagos del Serrano. Del total de esta ruta, 14 kilómetros son de tramo restringido. Tiene una vegetación característica del monte mediterráneo, que tiene en la encina y el quejigo las especies más importantes. Entre la fauna se encuentra el águila imperial, el rabilargo, la gineta, la paloma torcaz, la abubilla, el zorro, el meloncillo, el mochuelo, el pájaro carpintero, el cuco, el herrerillo y demás especies autóctonas. La flora y la fauna hacen de este lugar un museo natural, con riquezas de coloridos, sonidos y aromas.

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Los coordinadores Gregorio y María Luisa, (tanto monta…) nos citaron en la entrada de Guillena con el fin de partir todos juntos hacia la venta de La Cantina, ubicada a 12 kilómetros del pueblo por el cordel de la Cruz de la Mujer. Allí dejaríamos los coches para comenzar nuestra ruta. Pero se dio la circunstancia de que en el mismo Guillena, entre la caravana de los coches del club, se intercalaron otros ajenos, lo que dio lugar a que algunos nos despistáramos por las calles del pueblo. Esta situación no prevista nos cogió por sorpresa a los cuatro ocupantes de nuestro coche. Desorientados, sin poder conectar por móvil con los demás debido a la falta de cobertura y después de haber perdido mucho tiempo, llegamos por fin a La Cantina y decidimos iniciar la ruta por nuestra cuenta para intentar unirnos con el resto del grupo. Tuvimos que marchar a un ritmo más acelerado que de costumbre y, gracias a nuestro empeño, conseguimos alcanzar a los demás. A partir de ese momento, los treinta y nueve participantes de esta ruta, procuramos olvidar lo sucedido y disfrutar del paisaje, hasta conseguir que reinara la alegría durante lo que nos quedaba por andar. Mi reconocimiento a nuestro compañero Javier, el conductor del coche, por no perder en ningún momento la calma a pesar de los nervios que nos embargaban a los demás.

En la primera parte del recorrido anduvimos por una pista que, según me contaron, se hizo para que los camiones tuvieran acceso a la construcción del embalse de El Gergal, (construido por EMASESA e inaugurado en 1979, tiene la ventaja de aprovechar el desagüe del embalse de Cala y del desagüe de La Minilla). En el mirador de La Solana Recio, con poco más de seis kilómetros ya recorridos, nos reagrupamos todos. Con el ánimo distendido y con buen humor, nos recibieron como héroes; nos hicieron el pasillo con los bastones en alto, un gesto simpático de auténticos colegas y amigos. Nos hicimos unas fotos para dejar constancia de toda la belleza que nos rodeaba. Luego, volvimos durante aproximadamente un kilómetro por la misma pista para enlazar con el sendero por el que bajaríamos al antiguo trazado del ferrocarril minero que iba desde las minas Cala hasta San Juan de Aznalfarache y cuya explotación en 1901 adquirió gran importancia.Descansamos en la estación de El Gergal y comentamos entre los compañeros el intenso olor a menta de los eucaliptos. Pudimos observar los efectos del tiempo debido a su estado de ruina; con el mismo aspecto se encuentra el depósito donde los trenes repostaban el agua para la máquina de vapor. Me pregunto, ¿cómo se puede mantener en pié este depósito de tales dimensiones sin que se haya caído?

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Una vez recobrado fuerzas, nos dirigimos hacia la venta de La Cantina donde los coordinadores habían fijado el término de esta aventura del domingo. En el camino de regreso, por donde transcurrió el tren, se veían los restos de piedras de lo que fue la vía; su diseño está trazado junto a la orilla de la Rivera de Huelva, de cuya agua bebemos los sevillanos y su tratamiento se realiza en el Carambolo que antes habíamos citado.

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Ya de niño, los chavales del barrio nos acercábamos en bicicleta, desde Sevilla, a esta rivera de Guillena para bañarnos en sus aguas, porque en aquellos tiempos no era tan fácil como hoy ir a la playa. Pasado el tiempo y en moto, seguíamos volviendo a aquel lugar que conservaba y que aún conserva un paisaje de naturaleza viva, un lugar silencioso que me produce una sensación de libertad. Volví también con mis hijos cuando eran pequeños y los recuerdos de juventud me venían con toda su plenitud. ¿Quién diría que a mis años aún siento el apego a esta rivera de mis primeras aventuras? El cariño a mi tierra, a su gente y a su paisaje me hacen recordar lo que decía Antonio Machado refiriéndose a esta sierra: “¡Qué bien los nombres ponía quien puso Sierra Morena a esta serranía!”.

No quiero dejar pasar por alto el gesto de los compañeros que optaron por esperarnos para que, juntos, hiciéramos esta ruta que tan bien han coordinado Gregorio y María Luisa, quien me sugirió que hiciera la crónica, pues su ilusión de que todo saliera bien, como así fue, me animó a poner mi pequeño grano de arena.

COMARCA DE LOS MONTES DE TOLEDO PUENTE DE TODOS LOS SANTOS 31-10 AL 2-11 DE 2015

Lunes, 9 de Noviembre de 2015

El sábado 31 de octubre de 2015, me desperté de mi nocturno y plácido sueño, tras avisarme  mi padre en voz baja —Marina ya es la hora—

Solo eso fue suficiente. Salté de mi cama y me dispuse a vestirme rápido con la vestimenta que la noche antes, quedó preparada en el perchero de mi habitación.

Equipaje, botas, mochila, gorra y palos, esperaban en el portal de casa para colocarlos en el maletero. Sentada en el coche y con el cinturón de seguridad abrochado, nos pusimos en marcha al encuentro de compañeras y compañeros del club senderista Señal y Camino. Acababa de comenzar mi primer viaje de montañera…

En poco tiempo estábamos casi el grueso del grupo en Écija, compartiendo  un buen desayuno en la venta Buena Vista.

Ya bien nutrida y dirección Almagro, una cabezadita de media mañana hizo más rápida la llegada al primer destino del día. Realizando estiramientos tras salir del coche, contemplaba aquella capital histórica del campo de Calatrava, situada en Ciudad Real. Que gozada, por pisaba Castilla-La Mancha. La estética de la Plaza Mayor de Almagro con El Museo del Encaje, el Corral de Comedias, el Ayuntamiento, La Iglesia de san Agustín, las casas solariegas del municipio, palacios, museos, gran número de edificaciones para el teatro, y una degustación de productos de la tierra, captaron mi atención durante el tiempo que tuvimos, antes de asistir a una representación en el Corral de Comedias.

Sentada entre mi madre y mi padre, en la primera fila del patio de butacas, comenzó el espectáculo. Salió a escena el primer actor que en medio de un fluido monólogo, se dirigió a mi padre como el mosquetero, el señor con barbas, el de la camisa de cuadros. Con modos pícaros, le pidió dinero prestado. Mi padre no me sorprendió, y el pícaro como respuesta obtuvo un no. Mi padre volvió a ocupar su asiento. La segunda aparición fue una pícara disfrazada de jugador de cartas. Necesitaba la ayuda de un colaborador para hacer sus trucos. —El señor con barbas, si el de la camisa de cuadros— dijo la pícara. Mi padre volvió a colaborar entre murmullos y risas del público y también las mías. Al final de este acto, mi padre volvió a su asiento. Tercera aparición, una monja dispuesta para la limpieza de la parte baja del escenario, comenzó a buscar un ayudante para la tarea. ¿A que no adivináis a quien pidió ayuda? al señor con barbas y camisa de cuadros. Los murmullos y las risas pasaron a ser carcajada general del público. Nunca hubiese imaginado lo divertido que fue ver a mi padre en escena, y ayudando a una monja a la limpieza.  Finalizada su tercera colaboración intento llevar su silla a otro lugar, en prevención de otra posible colaboración, pero se arrepintió cuando la monja volvió la cabeza y le sorprendió. Fue divertido para todo el público y para él, creo que hasta le ha gustado.

Después del almuerzo en la Plaza Mayor, nos pusimos en marcha hacia nuestro segundo destino del día, el humedal de Las Tablas de Daimiel, situado en el parque Natural del mismo nombre, y la más importante de las tablas fluviales. Está formada por la confluencia de las aguas dulces del Guadiana con las aguas salobres del Cigüela, hecho que favorece la variedad de flora.

La garza imperial, la garza real, la garceta o el pato cuchara entre otros, comportan la fauna migratoria. La fauna sedentaria autóctona como  el cangrejo, la carpa o el barbo, se encuentran en peligro por la introducción del lucio. Conejos, liebres, comadrejas, zorros, anfibios de diversas especies, comportan la variada fauna del lugar.

Horcajo de los Montes nuestro tercer y último destino del día, nos espera para darnos hospedaje, una ducha caliente y una suculenta cena. Noche de difuntos, Halloween, disfraces y postres compartidos, cerraron la jornada.

Domingo 1 de noviembre, tras desayunar y preparar el picnic, nos reunimos con el grupo para la puesta en común  del destino del día. Cogemos la carretera hacia Los Navalucillos en la provincia de Toledo. Al bajar del coche, me decido por acompañar al grupo que pretende la subida al techo de Toledo, El Rocigalgo con sus 1.449 m. La ruta comienza por una pista ancha hasta llegar a una escalera de subida. Continuamos la senda encontrando a nuestro paso El Chorro, La Chorrera Chica y Las Cornisas, esto último me gusto bastante por la aventura del tramo. Cruzamos  el arroyo y después un bosque de robles, donde marque mi punto de retorno. Descansé, repuse fuerzas con un bocadillo y una bebida refrescante junto con mi padre y volvimos sobre nuestros propios pasos. El resto del grupo comenzó un duro ascenso hasta el Collado del Chorro, continuando con los últimos 500m de ascenso aún más pronunciado, que les llevo hasta el privilegio de la cumbre.

Al finalizar la ruta todos los grupos, nos esperaba de nuevo  Horcajo de los Montes. Ducha, cena, postres y muchas ganas de coger la cama, pusieron fin a la segunda jornada.

Lunes 2 de noviembre, y desde nuestro bungaló situado en uno de los montes de Horcajo, lugar de vistas privilegiadas del pueblo, se dejó sentir notablemente el temporal de viento y agua que azoto durante la noche. Me lo dijeron mis padres durante el desayuno, porque yo no me entere de nada, señal inequívoca del cansancio de la jornada anterior.

En la primera parte de esta última jornada, que dio comienzo con la recogida del equipaje y el indiscutible desayuno, realizamos una visita guiada por el parque natural de Cabañeros.

El guía de esta excursión, Fernando, explico con sencillez y claridad que en 1988 la finca de Cabañeros de 16.000 hectáreas, fue declarada Parque Natural. Según nos dijo Fernando, la finca estuvo a punto de convertirse en un campo de tiro. Y en  1995 mediante la aprobación de un proyecto, la finca de Cabañeros y sus alrededores con una extensión superior a 40.000 hectáreas, es declarada parque nacional.

Grandes rapaces, cigüeñas negras, especies en peligro de extinción, ciervos, corzos o Jabalíes, árboles  y arbustos de bosque mediterráneo, una amplia serie de  microclimas, bosques de galería, trampales, bodonales, o reductos de bosques atlánticos, coexisten dentro de este templo natural gracias a personas que consiguieron preservarlo. Gracias Fernando por ayudarme a valorarlo, amas a la madre naturaleza como ella te ama a ti.

La segunda parte la dedicamos a visitar el centro de Visitantes del Parque Nacional de Cabañeros en Horcajo de Los Montes, inaugurado el 28 de octubre. Estábamos casi de estreno, ya que llevaba pocos días en funcionamiento. Con las explicaciones de una guía, recorrimos el  edificio de varias salas conectadas. La decoración en cada estancia, muestra detalles de la fauna, la flora, su evolución, las costumbres y los oficios de antaño de la zona, a través de fotografías en metacrilato, pantallas digitales de dibujo donde plasme una cigüeña, equipos de imagen y sonido para proyecciones en 3D y en 2D, desvelan todo el atractivo natural de la comarca.

Mi primer viaje-aventura con Señal y Camino, finalizo compartiendo un almuerzo de lujo con algunos socios y socias del club, y con una siesta en el coche durante el camino de vuelta.

Estando ya en casa con pijama y zapatillas, me pareció que el recuerdo de todo ese colorido otoñal, solo fue un sueño. Me di cuenta que fue realidad cuando vi una camisa a cuadros, que mi padre sacaba del equipaje.

Gracias a todas y a todos por hacer que la realidad parezca un sueño.

Autoras:

                      Marina Isabel Pérez Díaz en colaboración con su madre

PISANDO BELLOTAS - PN de CABAÑEROS. EL PUENTE DE TODOS LOS SANTOS (31/10-2/11/2015) por Clare Usher

Viernes, 6 de Noviembre de 2015

Coordinadores Rafael Prieto y Pepe Delgado (con el inestimable apoyo logístico de Loly)
Como disciplinados que somos salimos de nuestros varios puntos de partida sobre las 7 de la mañana para reunirnos en el punto del desayuno en la NIV, para luego seguir a Almagro. Alli tuvimos tiempo suficiente para pasear por sus bellas calles y apreciar su rica arquitectura. A las 12,30 entramos en el Corral de la Comedia para ver por el módico precio de 3,50 una actuación durante unos 40 minutos. Una pieza muy divertida con un poco de mágico realizado por 3 actores excelentes, y el estreno de nuestro actor del grupo teatral Señal y Camino “El Pepe el Cuadro”. Después fuimos a varios restaurantes para disfrutar de los excelentes manjares del lugar, para a las 15 horas coger rumbo a las Tablas de Daimiel, donde hicimos un paseo de unas 2 horas, muy agradables, pero tuvimos que meter nuestra imaginación para verla con mas agua, mas aves, etc. No obstante disfrutamos del bosque de Tarajes. Y vimos varios pájaros acuáticos incluso unos flamencos “blancos”, allí no comen los crustáceos que les den el color rosa en Andalucia y otros lugares.
Sobre las 6 salimos rumbo, Horcajo de los Montes. Nos pio la noche, y la carretera era bastante estrecha, recta y muy oscura…parecía que íbamos rumbo a la nada (ya pensando en la noche de “Jalowin”, nos impresionamos bastante). El “ton ton” marca menos de 1 kilometro para el pueblo, y aun no vemos nada, ni una luz….hasta que de repente vimos el pueblo abajo en un agujero, que parecía a unas del grupo un Portal de Belen.
Ya tuvimos bastante tiempo para acomodarnos en nuestras habitaciones en el hostal, e irnos preparándonos un poco para jalowin. Calabazas, pelucas, profesoras de Hogworts, brujas, duendes, etc etc.
A las 21 horas el hostal Los Alamos nos proporciono una excelente cena por 10 euros. Revuelto de espárragos, guiso de venao, postre casero, vino, cerveza, y después nuestros compañeros empezaron a repartir pestiños, licores caseros etc etc. Ya cansados de haber tenido un dia tan completo cortamos la fiesta para irnos a descansar. (Los lugareños del pueblo seguirán con la fiesta hasta altas horas de la madrugada).
Después del desayuno salimos rumbo a Navalucillos (dejando a Tina y Pepe en tierra, pero pronto nos encontramos). El valle para llegar al aparcamiento para coger los senderos una delicia de colores de otoño, me gustaría poder pintar la vista como mural en mi dormitorio para poder gustar de esta belleza de la naturaleza cada día. Llegados al aparcamiento nos dividimos en dos grupos, los que iban a subir el Rocigalgo, y otros que iban a la Chorrera Chica. Que ruta mas hermosa. Zonas de bosques bucólicos. El sonido de los arroyos y los pájaros. Y el tiempo perfecto… ni calor ni frio, ni agua. (Dejamos la lluvia para los compañeros en Andalucía). Comimos en una zona protegida del viento en una especie de cueva, una formación roquera impresionante. Después volvimos por el mismo camino a los coches, y vuelta al hostal para descansar hasta la cena a las 9. Una cena excelente, seguida por varios dulces y licores especialidades de nuestro club. A dormir escuchando la lluvia.
El día 2/11 el tiempo un poco dudoso, así ya empaquetados fuimos al PN Cabañeros para una ruta guiada de 2 horas, en lugar de 4. Que lujo de sitio, andando por un robledo, muchos lichenes, setas, etc y nuestro guía Fernando “de los Caballeros” una fuente inagotable de información botánica muy interesante, tanto que parece biólogo, no alguien que crecía en un negocio de bar.
Nada mas terminar la ruta empezó a llover un poco. Volvimos a Horcajo para visitar el nuevo centro de visitantes abierto un par de días antes. Alli también aprendimos mucho de interés de la zona.
Al terminar fuimos a comer antes de coger coche rumbo a casa. Comimos como primer plato un arroz caldoso con castaños…. Muy rico. ¡No encuentro la receta en Google!
Al salir de Horcajo parece que todos fueron con su propia bola o ton ton. Unos a Ciudad Real, otros por Piedrabuena, la Santa Bola y Brazatortas, y otros por Mérida. ¡Que diversidad! Nosotros tuvimos la suerte de ver una manada grande de ciervos, y un arcoíris doble y muy completo y al lado del coche.
Y con una parada para un café lleguemos salvos y sanos a nuestros respectivas casas. (Y Mari Carmen en Santiponce).
Un aplauso muy fuerte y mi agradecimiento para los coordinadores. Y un aplauso para todos los participantes para contribuir a un finde tan feliz y lleno de risas y emociones BUENAS.
¡Hasta la próxima aventura!
C