Archivo de Febrero de 2017

PINARES DE AZNALCÁZAR por María Luisa Sánchez

Viernes, 17 de Febrero de 2017

Ruta: circular
Distancia: 16 km.
M.I.D.E.: 1223
Desnivel: 170 m
Duración: 6 h
Coordinadores: Nela Quintana y Juan Ortega
Crónica: María Luisa Sánchez
Fotografías: José López Raposo - M. L. Sánchez

¡Hola, compañeros! Me alegra volver a las andadas y me complace tener la oportunidad de ponerle palabras a la que, sin duda, fue una maravillosa jornada de convivencia de manos de Nela y Juan, que el pasado 29 de Enero nos brindaron la oportunidad de visitar unos de los entornos más cercanos y grandioso en cuanto a vegetación, los Pinares de Aznalcázar, uno de los espacios forestales de mayor interés ecológico de la provincia de Sevilla.

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Tras organizar la salida, nos encaminamos hacia La Puebla del Rio. Allí, nos reunimos un gran número de compañeros para tomar un rico desayuno de pan de pueblo y aceite de oliva, unos, y cafelito con churros, otros, a fin de coger fuerzas para pasear y descubrir, durante casi 6 horas, el espléndido y extenso paraje de pinos piñoneros que tuvimos la oportunidad de disfrutar acompañados en todo momento de un fantástico día.

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Al comenzar la ruta, tuvimos un pequeño incidente. Alguien se empeñaba en no dejarnos pasar de la cancela de entrada, aludiendo a que aquella era una zona de pasto, donde mas de 400 vacas recorrerían ese camino y que, según no sé que más argumentos, no era aconsejable que estuviésemos de senderismo por allí. Cosa un tanto extraña, ya que en todo nuestro recorrido no vimos ni por asomo señal ni rastro alguno de que por allí hubiesen pastado vacas en muchos, muchos días.

Lo que si vimos, no en la ruta de a pie pero sí en el entorno, circulando a la salida y entrada de la zona, fueron cantidad de copas de árboles plagadas de nidos de cigüeñas, un espectáculo sin dudas de singular belleza. Los Pinares de Aznalcázar, por su gran extensión y cercanía al espacio natural de Doñana, lo convierten en uno de los puntos de mayor diversidad biológica del Aljarafe.

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Allí, se concentran centenares de aves, entre ellas, flamencos, anátidas, limícolas… Alberga también la mayor colonia de cigüeña blanca de Europa en estado natural, sobre copas de acebuches. Las aves utilizan este hábitat como dormidero, zona de alimentación, nidificación e invernada.

Doscientas cinco especies de vertebrados, entre mamíferos, aves, reptiles y anfibios, se encuentran presentes; en los pinares, lo que indica la gran importancia faunística y que, junto a la diversidad vegetal, componen la extraordinaria fauna y flora en este enclave ecológico llamado Pinares de Aznalcázar y Puebla del Río.

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Volviendo de nuevo a nuestra ruta y haciendo caso omiso sobre el tema de las vacas, nos adentramos en ese inmenso bosque arbolado, compuesto fundamentalmente por pinos piñoneros y matorral mediterráneo (jara, romero, brezo, lentisco, etc.) para disfrutar de cada uno de los tramos de nuestro recorrido delimitado por zona como: Dehesa de las Hermosilla, Dehesa de Covarrubias, Loma de los Socios, Cerro Panaderos, Las Tres Rayas, Cañada Honda y Arroyo Majalberraque.

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Al llegar al arroyo, que en este lugar tenía poca agua y si mucho lodo debido a las lluvias caídas en días anteriores, tuvimos pequeñas dificultades para atravesarlo de un lado al otro por el barrizal que se formaron en sus orillas. Yo misma, al cruzar lo tomé como si de un tobogán infantil ser tratara, deslizándome poco a poco, por suerte, sin consecuencias extremas, solo un pequeño resbalón que tan solo me causó unas risas.

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Tras conseguir cruzar el arroyo, nos dispusimos a seguir por los senderos que, aunque reconocibles y fáciles de transitar, nos obligaban a estar muy pendiente de los coordinadores, ya que, debido a la abundante maleza, era muy fácil despistarse por lo que todos íbamos muy atentos para no quedar rezagados.

Después de un par de horas caminando, se decidió hacer una pequeña parada para tomar una fruta, coger un poco de aliento y seguir mas descansados hacia el espacio donde estaba ubicado un itinerario botánico debidamente señalizado que comienza con un pasillo elevado con suelo de tablones de madera que permite contemplar la diversidad florar de la zona.

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Allí nos hicimos la fotografía de grupo con la pancarta de nuestro club como recuerdo de nuestra visita, como solemos hacer habitualmente en cada ruta.

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Todos nos hallábamos alegres y contentos por el maravilloso día que estábamos disfrutando, puesto que el sol lucía radiante y la temperatura era la ideal para estas fechas. Sin más dilación, seguimos nuestro caminar entre fantásticos colores y olores de las distintas especies florales que allí se concentran.

De las variedades de plantas que nos encontramos en el jardín botánico, se pueden apreciar jaras, lentiscos, coscojas, romero, etc.

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Con la vista y el olfato aún impregnados de agradables sensaciones, el apetito se fue abriendo paso, por lo que decidimos hacer un alto en el camino para tomar los bocadillos, que a buen seguro nos supieron un manjar exquisito tras el esfuerzo y cansancio acumulado de varias horas caminando. Llegamos a un gran rellano, nos cobijamos cada cual por su lado, unos al sol y otros a la sombra de los pinos, dando buena cuenta de nuestra remesa culinaria.

Como postre, un rico bombón que Nela repartió entre todos, preocupada no hubiese bastantes, ya que no imaginó la cantidad de compañeros que asistieron a la ruta.

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Una vez descansados y con el estómago saciado, nos pusimos de nuevo en pie para continuar nuestra marcha, ya que aún nos quedaba un largo trecho hasta llegar al final del sendero.

De nuevo, tuvimos que cruzar el Majalberraque, esta vez, con algo mas de agua, que debimos sortear dando un gran salto desde la orilla a un gran pedrusco a mitad del arroyo, para desde él, volver a saltar a la otra orilla. En ese momento, me dije a mí misma “¡Oye, ten cuidado! No te puedes permitir resbalar otra vez, porque entonces sí que sería un drama el volver chorreando a casa”.

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Por suerte, no tuvimos ningún percance y pudimos continuar hasta llegar a una zona recreativa que se utiliza como merendero. Dado el esplendoroso día, estaba repleto de familias con niños jugando y grupos de amigos disfrutando sus meriendas y rayos de sol, que aún se colaban entre la abrupta arboleda, creando un agradable estado de bienestar que, sin duda, todos apreciaban, dado los anteriores días gélidos que hemos venido padeciendo y a los que por estas tierras no estamos acostumbrados.

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Finalizada esta bonita y agradable ruta, nos dirigimos al punto donde habíamos aparcado los vehículos para retornar a nuestras casas, no sin antes acercarnos a algún lugar donde tomar un café. Javier nos recomendó ir a La Cañada de los Pájaros, reserva natural ubicada en La Puebla del Rio, donde se concentran un número importante de especies, algunas en peligro de extinción. Es zona de invernada para muchas de las aves que vienen a Doñana y un enclave de nidificación para otras. Llenos de buena energía, nos tomamos el tan deseado café a la par que pudimos ver algunas de las aves que por allí pernoctan.

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Transcurrido este magnifico día, estoy segura, esperamos con ganas la próxima ruta.

¡Nos vemos en la siguiente, compañeros|

EL TERRIL por Curro Caro

Sábado, 4 de Febrero de 2017

Fecha: 22 de enero 2017
Distancia: 6,63 km.
Hora de inicio: 10,20
Hora de llegada: 14,35
M.I.D.E.: 2122
Coordinadores: Antonio Bueno y Pepe López
Fotos: J.L. Ferrete y Pepe López

Como tantas mañanas de domingo, me preparo para hacer la ruta que el club tiene en su programa de actividades. Hoy nos espera el Terril. Se encuentra en la Sierra del Tablón y es el punto más elevado de la provincia de Sevilla. El Terril (1129 mts.) está separado del Peñón de Algámitas (1121 mts.) por el Puerto del Zamorano y delimita los términos municipales de Pruna y Algámitas.

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El despertador suena y es hora de levantarse. Como cada día que salgo de ruta estoy algo nervioso. Consulto la predicción del tiempo a través del móvil y me dice que nos espera un día soleado. He quedado con unos compañeros para irnos en el coche hasta la venta El Armijo que se ubica en la carretera que va de Morón de la Frontera a Pruna. Seguimos las indicaciones que nos han dado: “Cuando llegues a Morón y veas el gallo gira hacia la izquierda”. Hasta ahí todo bien, pero el dato que tenemos no coincide con la ubicación de dicha venta y nos pasamos de largo. Nos volvemos hasta localizarla. Una vez sentados al calor de la chimenea, charlamos animadamente mientras van apareciendo el resto de los compañeros. Los saludos y otros gestos de franca amistad vuelven a aparecer como cada jornada que nos disponemos a abordar una ruta. Este momento para mí es muy placentero, el ambiente es grato y me satisface tener tantos amigos.

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En la carretera SE-9225 que va desde Pruna a Algámitas, en el kilómetro 8, aparcamos los coches en una explanada. Después de cambiarnos de calzado, echamos una ojeada al entorno. Cambiamos impresiones sobre el tiempo: la mañana aunque fría presagia un día estupendo. Mochila a la espalda, los 39 componentes de la expedición nos ponemos en camino. A unos 250 m, a la derecha, empieza el sendero que nos llevará al Terril. Se inicia el ascenso por una vereda que exige esfuerzo ya que es de una pendiente importante. Llegamos a un pequeño collado donde se encuentra un pluviómetro, desde allí, divisamos los coches y también un autobús cuyos ocupantes nos acompañarán más tarde en nuestro ascenso.

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A continuación, seguimos subiendo hasta un segundo collado. La zona es bastante pedregosa y está desprovista de árboles debido a un fuego producido años atrás. El pastoreo es muy importante en la zona, así que no se consigue recuperar la vegetación, aunque yo he oído decir, alguna vez, que las cabras y ovejas limpian el campo y esta acción impide que se produzcan los incendios (¿Quién fue antes: la gallina o el huevo?) Mientras subimos, observamos que se está cumpliendo el pronóstico del día. Tenemos asegurado un día de total disfrute en pura naturaleza. Contemplamos magníficas vistas del Lagarín y Las Grajas. Al fondo el Simancón y el Reloj de la Sierra del Endrinal, San Cristóbal y por encima de todos, El Torreón en la Sierra del Pinar. Más cerca, se divisan el castillo de Pruna y Olvera. Desde este punto, se distingue la crestería que queda más arriba y que será nuestro camino de regreso. Por esta parte de la ladera, hay muchos lirios morados que algunos fotografían. Atrás queda en la lejanía El Aljibe, La sierra del Endrinal, Pruna, Olvera y Zahara de la Sierra, la sierra de Líjar y allá Algodonales. El sendero se ensancha bordeando el Cerro de la Ventana. Al fondo, ya vemos el Cerro del Terril o “Monigote”.

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Poco después, llegamos a la cima donde la nieve caída días atrás ha dejado su huella. Divisamos a los senderistas del autobús que siguen nuestros pasos. El aire es frío. Todos queremos hacernos la foto que nos recordará que una vez estuvimos en la cima y bastones en alto se hace el pasillo de honor a los compañeros que han alcanzado la cumbre por primera vez. Tomamos unas frutas, nos deshacemos de las mochilas y ahora sólo nos queda contemplar la maravilla que tenemos delante. Nunca creí que desde ahí se pudieran ver tantas cumbres: a la derecha, el Cerro de la Ventana y la crestería, a la izquierda el Peñón de Algámitas, separado de donde nos encontramos por el Puerto del Zamorano.

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Unos minutos más tarde, volvemos por la crestería. A ambos lados, divisamos La Huma, La Maroma, Sierra Nevada, Sierra del Espartero, Sierra de Lijar, Sierra de las Nieves, La Subbética Cordobesa y El Torcal de Antequera. Pasamos junto a una caseta metálica y bajamos al collado donde está el pluviómetro. Allí sacamos nuestras viandas y saciamos un poco el apetito que ya se hace notar. Es también la hora de reponer fuerza. Algunos nos resistimos a abandonar aquel lugar que, a mí me hace recordar aquellos versos de José María Gabriel y Galán: “¡Qué plácido el ambiente, qué tranquilo el paisaje, qué serena la atmosfera azulada se extendía por sobre el haz de la llanura inmensa!”.

Reiniciamos la marcha por el mismo camino. Bajando por un pequeño bosque con mucho cuidado porque el terreno es resbaladizo hasta llegar a la carretera. Nos cambiamos de calzado para así ir más cómodos en los coches que nos llevaran primero, a tomar un merecido refrigerio y después, a casa.

Cada vez que salgo a la montaña, me atrapa. Cuando, desde la cima, identifico las cumbres que he logrado subir, estas me traen aires de libertad. Me llevo en la mochila: la satisfacción de haber hecho cumbre, la alegría compartida con mis compañeros, la imagen que todo caminante encuentra en la montaña, ¡ah!… y las botas llenas de barro.