Archivo de Enero de 2018

QUEJIGALES-PEÑÓN DE LOS ENAMORADOS (P.N. S. de las Nieves) por Mercedes Ruiz

Jueves, 25 de Enero de 2018

MIDE: 2323.
Distancia: 14 km.
Desnivel: 605 m.
Circular
Coordinadores: Alfonso Piñero Alcón y Pepe López
Crónica: Paco Caro Sánchez
Fotos: Pepe López y Pepe Morgado

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Según lo programado, el 7 de enero 2018, hicimos la ruta de la Sierra de las Nieves, una clásica en nuestro club. En un principio, se pensó en una ruta de 14 km., subir al Peñón de los Enamorados desde el Cortijo de los Quejigales y bajar por la senda de los 1500, pero debido a la meteorología adversa, no pudimos completarla. Me decidí a hacer la crónica por dos motivos, uno porque la primera vez que fui a esta ruta, me impresionó su extraordinaria belleza y dos, porque cuando la vi nevada, sentí la necesidad de relatar mi impresión de aquella gran obra de la naturaleza.

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La Sierra de la Nieves debe su nombre a que, antiguamente, los lugareños mantenían almacenada la nieve durante todo el año en los neveros y aprovechando la noche, la bajaban con mulas, distribuyéndola por pueblos y ciudades. La superficie del parque es de 20.163 hectáreas, siendo el pinsapar de más extensión del mundo. Conserva ejemplares cercano a los 500 años como el de la Escalera; también hay un castaño de 800 a 1000 años. En la reserva de la Sierra de las Nieves, se integran un total de doce municipios, algunos de ellos agrupados bajo la comarca del mismo nombre: Alosaina, Casarabonera, Tolox, El Burgo, Yunquera, Monda, Guaro, Istán y Ojen, a ellos se suman las localidades de Ronda, Serrato y Parauta. En el refugio de Los Quejigales y cerca de la Cañada de las Ánimas, hay una placa, como homenaje a Francisco Molina conocido por “Frasquito el guarda”, fueron cincuenta años de entrega, entusiasmo y dedicación plena al cuidado del Parque.

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Con determinación, coraje y con la mochila al hombro, 13 compañeros y amigos decidimos caminar hasta que el tiempo nos lo permitiera. Partimos del Área recreativa del cortijo de los Quejigales, donde los guardas forestales, nos indicaron que pusiéramos los coches de cara a la pista. Supongo yo que para una mejor maniobra en caso de urgencia. También nos informaron de que para las 14.00 h se preveía una nevada, lo que tuvimos presente en nuestro recorrido, aunque nosotros teníamos información por los medios habituales.

Anduvimos unos metros, cruzamos el arroyo de Las Carboneras a través de un pequeño puente de madera y comenzamos la subida al Puerto de los Pilones que se encuentra a 3,3 km. Y 470 m de desnivel. Tres compañeros decidieron hacer otro recorrido evitando las zonas con placas de hielo que podrían dar lugar a resbalones en las bajadas. La mañana era fría pero entramos pronto en calor, debido a la exigencia de la subida Entre restos de ramas caídas y siguiendo el sendero marcado por los que nos precedieron, nos apresuramos para llegar hasta los 1750 m donde está el Puerto de los Pilones, con las consiguientes paradas para las fotos y así, perpetuar lo que veíamos.

Atrás iba quedando el bosque, subimos hasta una zona abierta donde el viento arrecia y la sensación de frío aumenta. Llegamos al Puerto de los Pilones, en aquella gran meseta desde donde los días claros se puede ver el Torrecilla que, con sus 1919 m. es el más alto del parque y el segundo de la provincia de Málaga, el más alto es la Maroma con 2066 m. También podemos ver Gibraltar, África y parte de las provincias de Málaga, Córdoba, Sevilla y Cádiz.

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Decidimos seguir hasta el Pozo de las Nieves, el viento sopla con fuerza, la niebla se hace más densa, pero el plan era llegar hasta allí, y emprender el camino de regreso. Hacemos una pausa para, como nosotros decimos, “tomar la fruta” y recobrar fuerzas. Antes de lo que creíamos, nos encontramos en el mencionado Pozo de las Nieves, para después bajar, a petición de la mayoría, por la Cañada de las Ánimas. Como estaba anunciado, aparecen los primeros copos de nieve. Las vistas son extraordinariamente bellas. En ese momento, pensé en Roald Amundsen, aquel aventurero noruego que conquistó la Antártida; es de suponer que nuestra aventura ni de lejos se parece a aquella gran hazaña, pero a mí que soy de natural imaginativo, se me vino a la memoria, será que siempre la consideré cerca de lo imposible.

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Bien a mi pesar, vi que me tenía que despedir de aquel entorno cautivador “y estando en esto”, como diría Cervantes, llegamos a la pista que nos llevaría a nuestro punto de partida. Tomamos un refrigerio, cambiamos las botas por otro calzado y nos vamos para casa, al menos yo, con la sensación de haber vivido un sueño.
Dedico esta crónica a mi nieta María del Mar, y al mismo tiempo, la invito a que aprenda a disfrutar de la naturaleza en estado puro, para que descubra una fuente maravillosa de bienestar, salud, conocimiento, belleza y una apacible manera de vivir.

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