GALAROZA-VALDELARCO POR EL PUERTO DE LAS SENADILLAS por María Luisa Laviana

Tras el paréntesis navideño, que en esta ocasión ha sido un poco más largo que otras veces, por fin el domingo 8 de enero nuestro club reanudó la actividad oficial, realizando una ruta de senderismo que ya Mercedes Ruiz y Alfonso Piñero habían propuesto en el trimestre anterior pero hubo que aplazarla debido a la intensa lluvia. Esa circunstancia hizo que estrenáramos el año con una ruta en la que Mercedes también se estrenaba como coordinadora.

El día amaneció muy frío, pero con un cielo azul que auguraba una espléndida jornada de senderismo por la hermosa Sierra de Aracena, que nunca defrauda y tantísimas posibilidades ofrece. En este caso sería una ruta circular y lineal (por tener un tramo común al inicio y al final del recorrido), de 12 km, con MIDE 1223 y desnivel acumulado de 498 m. Tras el desayuno en la estación de autobuses de Aracena, llegamos a Galaroza, dejamos los coches en la avenida de Los Carpinteros e iniciamos la marcha. Eran las 10:45 h. y nosotros éramos 33 personas.

Pasamos por la calle Alta, premonitoria de lo que tocaba a continuación, subir y subir casi continuamente, primero por la cuesta de la Era hasta llegar a una bifurcación junto al monte del Roblecillo: a la derecha el camino de los Altos de la Dehesa y a la izquierda el nuestro, el camino de Valdelarco, que inicialmente va como esculpido en la piedra, con muros a ambos lados, y luego es sendero de tierra por el que bajamos al arroyo del Ingenio o del valle del Águila.

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Por todas partes nos deleita la vegetación de encinas, alcornoques, castaños, madroños, chopos, cuyas alargadas copas que otras veces hemos visto de un intenso color amarillo, son ahora una sucesión de lanzas… Encontramos varios cruces de caminos, fácilmente resueltos por la coordinadora de cabeza, siempre con su móvil/gps en mano, y en caso de duda bastaba con preguntar a Alfonso, coordinador de cola y gran conocedor de la zona, o a Curro, que era una especie de coordinador adjunto.

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Dejamos a la izquierda las Casas del Pozuelo (“casas rurales”, como todas las que hay en el campo, aunque damos este nombre solo a las que funcionan como hostal), y al llegar a un lugar lleno de troncos recién cortados abandonamos el camino de Valdelarco para tomar una pista hasta el puerto de Las Senadillas (o de La Senailla). A partir de ahí, el sendero penetra en una vaguada hasta desembocar en un cruce donde seguimos la pista de la izquierda que va por el Puerto de la Cruz hacia La Rozuela. Más adelante, en otro cruce, como íbamos bien de tiempo los coordinadores propusieron desviarnos por la vereda que conduce a la ermita del Divino Salvador, en el valle de Carvajal, y así lo hizo la mayor parte del grupo, quedándose algunos esperando arriba. Por el camino habíamos visto algunos descansaderos o “parás” (recuerdo las de La Senailla, La Algavilla y Puerto La Cruz), que seguramente corresponden al itinerario de la romería que se hace desde Valdelarco el primer sábado de mayo. La ermita estaba cerrada, pero era un lugar agradable para quedarnos un ratito haciendo fotos y tomando fruta (una “pará” en toda regla); y yo volví a sorprenderme ante el letrero que indica que es la ermita del “D. Salvador”, que estrictamente debe leerse “Don Salvador”, y no entiendo que no corrijan esa errata cuando hay espacio de sobra para poner la palabra “Divino”… En fin, cada uno tiene sus manías, y a mí los temas lingüísticos siempre me han interesado mucho.

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Desandamos el camino (esta vez cuesta arriba) y volvimos atrás un kilómetro para reunirnos con los demás y retomar nuestro rumbo bajando hacia Valdelarco, adonde llegamos cuando era casi la una y media y los coordinadores acordaron una parada de 45 minutos para almorzar. Antes nos hicimos la foto de grupo delante de la iglesia, también llamada del Divino Salvador, una construcción neoclásica de la segunda mitad del siglo XVIII, hecha sobre las ruinas del anterior templo, destruido en el terremoto de Lisboa de 1755 y del que permanece el reloj solar, situado en una esquina de la torre, en el que consta el año 1727.

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Valdelarco es uno de los pueblos más bonitos de la sierra, con sus calles estrechas y empinadas, sus características “solanas” (terrazas cubiertas que se usaban como secadero para los productos del campo), sus fuentes como la del Valle o del Colmenero, en uno de cuyos lados está este fandanguillo: Escondidito en la sierra/ De Huelva tierra bendita/ Hay un pueblecito blanco/ Que a mí el sentido me quita/ Es mi pueblo Valdelarco… por algo su casco urbano fue declarado en 1983 Conjunto Histórico-Artístico y en 2004 Bien de Interés Cultural.

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En esta ocasión disfrutamos también contemplando los originales adornos de ganchillo que decoraban casas, calles, plazas, barandillas, bancos, papeleras, farolas, árboles, hasta los caños de las fuentes tenían sus coloridas y sugerentes fundas, todo un despliegue de “urban knitting” (tejiendo la ciudad).

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Sobre el nombre del pueblo (Valle del Arco), la interpretación más repetida lo atribuye a la supuesta existencia de un arco erigido por orden o en honor del emperador Trajano, sin embargo no hay la más mínima evidencia arqueológica o histórica que corrobore esa versión, existiendo otra explicación más verosímil que alude a la propia topografía, por estar el pueblo en un enclave con forma de arco o semicírculo; el propio escudo del pueblo –que pudimos ver en un azulejo de la fuente del Valle– recoge esta interpretación, pues tiene un gran castaño y sobre él un arco con su flecha apuntando hacia arriba.

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Tras reponer fuerzas, a las 14:15 salimos de Valdelarco por el sur, recorriendo en apenas quince minutos los 800 metros de carretera en continua subida hasta el cruce con la carretera que llega al pueblo por el norte. Nos reagrupamos enseguida y nos internamos de nuevo en el monte, por un precioso sendero en dirección al puerto de las Veguillas, bajando por Los Bohonales. Tras recorrer uno de los tramos más bonitos del día, cruzamos el lecho de un arroyo y llegamos al cruce lleno de troncos cortados donde por la mañana nos habíamos desviado. A partir de ahí repetimos el camino de la ida, aunque ahora predominan los tramos cuesta abajo.

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Al aproximarnos a Galaroza algunos decidieron seguir por la cuesta de la Era y otros por un empinado atajo que había a la izquierda y dio un poco más de emoción a ese tramo final. Hacia las 15:40 entramos en el pueblo, casi cinco horas después de haber salido. Todo el grupo llegó más o menos al mismo tiempo, pues esta vez habíamos mantenido un buen paso senderista (no de paseo) y no fueron necesarias las paradas que a veces deslucen las rutas. Personalmente disfruté muchísimo de esta ruta, por el entorno que siempre me maravilla, por el buen ritmo al que fuimos (un ritmo tranquilo, por lo demás), por la compañía y agradable conversación en muchos momentos, y por la soledad que otras veces me gusta buscar, porque también me encanta caminar en silencio escuchando los sonidos de la naturaleza.

Con el cuerpo levemente cansado, la mente despejada y el ánimo alegre, nos quedamos a tomar café en el propio Galaroza. Ahí reiteramos la felicitación a Mercedes, quien aprovecha para hacer un llamamiento especial a las mujeres para que nos animemos a proponer rutas. Yo comparto ese planteamiento porque la coordinación de rutas es esencial para el club y es importante implicar también a las mujeres en esa tarea, pero sin olvidar que hay otras muchas formas de que todos, mujeres y hombres, contribuyamos a “hacer club”, por ejemplo: participar en las rutas, hacer y compartir fotos, escribir crónicas, colaborar en las publicaciones (revista, blog, facebook), asistir a las reuniones semanales, proponer actividades, aportar ideas y sugerencias, etc. Todo eso es necesario, es lo que da vida al club. Seguramente habrá quien no se sienta con ánimo de coordinar rutas (del mismo modo que hay quien no se maneja con la informática), pero siempre habrá algo que cada uno de nosotros pueda aportar al club.

[Las fotos son de Pepe López y Pepe Morgado]

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